lunes, 30 de septiembre de 2013

El NO y sus consecuencias, una mirada crítica

Desde hace mucho tiempo resuena el eco alegre del triunfo democrático por el cual se puso fin a la Dictadura militar, cuya algarabía fue tanta en ese momento que se extendió por 20 años como la repetición de un disco en mal estado. Pero al mirar lo sucedido posteriormente y el actual momento que atraviesa la sociedad chilena nos es posible advertir una serie de “eventos desafortunados”, por llamar de algún modo a todas esas decisiones y acciones que se llevaron adelante como parte de un supuesto programa que definía la vida democrática como supresión de la diferencia, pues, en efecto, la política tendió siempre a caminar por el acuerdo impositivo de un sector que en Chile siempre ha sido una minoría. Ahora bien revisemos brevemente algunas consecuencias en esa pequeña historia de los últimos 25 años.
El triunfo del NO y su eslogan que indicaba una alegría futura suprimió de facto el sentimiento profundo del dolor, el temor y angustia ante un país lleno de injusticias y arbitrariedades que durante 17 años tuvo como discurso principal el anti-comunismo, dando la esperanza que todo podía cambiar y que además eso provocaría la alegría (entiéndase dignidad) de vivir mejor. Sin embargo esa utópica posición y proyección política tenía como resultado inmediato el triunfo del modelo que se impuso mediante la Dictadura, pues era someterse a las reglas del juego pre-establecidas en una Constitución fraudulenta, pero además llena de vicios justamente anti-democráticos en que una minoría siempre, sin importar los resultados electorales, se ha visto favorecida.
Pero el problema no se detiene ahí, que ya es muchísimo. Sino además ese hipotético triunfo trajo consigo una serie de acuerdos que pretendían, y en gran medida lo lograron, hacer borrón y cuenta nueva, algo así como comenzar una nueva independencia legalmente establecida, luego de una “supuesta” guerra civil por esa independencia que se obtuvo con el Golpe de Estado del “cáncer marxista”, de ahí la figura pletórica de Pinochet como Capitán General, grado solo ha sido sustentado por el llamado padre de la patria Bernardo O´Higgins. Entonces, a partir de esta constitución se ordenaba el curso estable de lo que ese sector minoritario definió cómo la correcta forma de vivir en democracia, con acuerdos y limitaciones que desde el primer gobierno concertacionista de Aylwin se han visto beneficiados, por ejemplo, acuerdo para no investigar los casos de las privatizaciones de las empresas estatales llevado a cabo en Dictadura, intento y esto es muy sospechoso, por eso no solo es dudosa sino también inverosímil la posición de desconocimiento de las violaciones a los derechos humanos por parte de ese sector minoritario que gobernó junto al dictador, promover la misma amnistía (olvido en griego) para los delitos de lesa humanidad cometidos por los militares, mantenimiento del modelo en sus bases fundamentales de salud, educación, vivienda, previsión y sistema tributario, asimismo como del sistema electoral y conservación de la institucionalidad adquirida de las fuerzas armadas. En fin, todo un conjunto que solo hacía mantener lo fijado por medio de un terrorismo de Estado.
Entonces cabe preguntarse ¿Qué tuvo de positivo el triunfo del No en Chile? Una cosa, poner fin a la arbitrariedad que era tan grande que la diferencia era desaparecida, silenciada, asesinada y torturada. El NO puso fin al Terrorismo de Estado. Ese fue el triunfo, más no significó ninguna otra cosa, pues todo lo demás ha sido con el beneplácito de un poder económico que saca bien sus cuentas y permite hacer algún pequeño cambio que signifique siempre más crecimiento económico para el consumo, pues la política de los bonos es una muy social forma de traspasar fondos públicos a los privados, pues aumenta la capacidad de consumo de una familia por una vez al año entregándole esos fondos en la compra al propio privado. Pues hoy en Chile todo tiene un valor monetario.

En este sentido, Piñera ha sido el presidente más concertacionista de todos, pues ha sido pragmático en todo sentido contraviniendo incluso posiciones pactadas como el 10% del cobre en las fuerzas armadas, el voto voluntario o la cobertura económica desde el Estado a los estudiantes de Educación Superior, pero como todo se ha visibilizado como verdaderamente es, como política de derecha, ha producido un estado de subjetividad social distinta que ha presionado a los dirigentes políticos que triunfaron con el NO a hacerse eco de sus demandas, cuestión que ha provocado un cambio en el escenario político, esta vez el voto no será para mantener el actual estado de cosas como ocurrió en las siguientes elecciones desde 1988, sino para cambiarlas. Se corrió la meta triunfalista a la que estaban acostumbrados ciertos dirigentes políticos. Hoy la ciudadanía demanda más porque perdió el miedo en las nuevas generaciones, lo que obliga a los sectores políticos a mantenerse en convicciones y no en conveniencias económicas, cuestión que solo se podrá ver en un próximo gobierno, ya que si no se cumple con lo propuesto se tenderá hacia caminos aún más caudillistas que los que estamos presenciando hoy en las distintas candidaturas. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

A 40 años del Golpe de Estado


Santiago de Chile, Palacio de Gobierno, septiembre de 1973.
Se ignora el nombre del fotógrafo. Ésta es la última imagen de
Salvador Allende: El tiene un casco puesto, camina con el arma en la
mano, mira al cielo, los aviones escupen bombas.
El presidente de Chile, votado en las elecciones libres, había dicho:
-Yo no salgo vivo de aquí.
En la historia latinoamericana, es una frase de rutina:
la han pronunciado muchos presidentes que a la hora de la verdad
prefieren sobrevivir, para seguir pronunciándola.
Allende no sale vivo de ahí.
Eduardo Galeano

            La memoria y su contraparte el olvido hoy son parte substancial de este día. Recordar lo sucedido para que nunca más se vuelva a repetir. Sin embargo, los mismos agitadores y productores de la violencia en los tiempos de la Unidad Popular hoy se olvidan de sus actos y me pregunto ¿por qué? Hace unos días atrás una mujer por las redes sociales me decía e increpaba que ella no vivió el terror socialista sino hambre y que su dolor era igual al de las víctimas de la dictadura. Sinceramente creo, que esa mujer no entiende sus propias afirmaciones, pues el principal argumento que dieron los sectores acomodados de la burguesía nacional fue producto de una propaganda definida y sistemática del supuesto terror que se viviría en un régimen socialista. Imágenes de tanques soviéticos en las calles fueron las que partidos como la Democracia Cristiana azuzaban en la prensa chilena. Sin embargo, ella me decía que pasó hambre. Pero esa hambre fue la que provocó su mismo sector para desestabilizar el gobierno, acaparando mercadería, subiendo precios en el mercado negro, parando los transportistas para desabastecer las regiones y peor aún todo con ayuda y financiamiento del gobierno de los Estados Unidos, igual como ocurre hoy en Venezuela, Argentina, Ecuador o Bolivia, una especie de táctica derivada del plan económico contra Cuba que mantiene ese bloqueo cobarde e injustificado.
            Vuelvo entonces atrás y retomo mi pregunta, por qué. Qué justifica estas acciones y su posterior desarrollo. Y solo veo una cosa: la ambición personal de un pequeño grupo que quiere ganar más y más a costa de la explotación inmisericorde de todos los trabajadores, de otra forma no me es posible concebir una explicación. Pues en la Unidad Popular estos sectores ni censura sufrieron. Y llegó el Golpe de la mano de la Marina que igual que en todos los conflictos anteriores en la historia de Chile defendió a la oligarquía y sus intereses particulares, aún no comprendo lo que entienden por compromiso con su patria.
            La violencia llegó con armas de guerra y declararon una guerra, pero que solo los tenía a ellos como protagonistas, pues la lucha de clases siempre ha sido su estrategia de opresión de las mayorías, cuestión que Marx había dicho hace más de un siglo. Pero hoy todos siguen silentes, pues no hablan de sus contribuciones, de sus delaciones, de sus participaciones, de su alegría, de su intención de seguir adelante con la dictadura, de cómo instalaron este modelo deshumanizado que vivimos, donde todo está convertido en un bien de consumo y todos somos tratados como consumidores y no como ciudadanos, ni menos dicen dónde están. No obstante, para mí, la dictadura no se reduce solamente a las violaciones a los derechos humanos, sino también a la cobardía de cientos de civiles que aprovechando el resguardo y a sabiendas de sus estrategias de control impusieron leyes, organizaron instituciones y hasta se sintieron con la autoridad moral para crear una constitución, la cual una vez más los vuelve a beneficiar.
            Entonces, ¿por qué debo creer en sus palabras si con todo lo sucedido fueron ellos los únicos beneficiados? ¿Dónde está el arrepentimiento y el reconocimiento que todo lo hecho en esos 17 años fue producto de una violencia sistemática aplicada a civiles desarmados, es decir, fue producto de un terrorismo de Estado? Es sin duda ésta la expresión de ellos, los enriquecidos saqueadores del Estado chileno, quienes se quedaron con sus empresas, quienes no tienen ningún arrepentimiento.
            Chile a 40 años del Golpe de Estado no sigue dividido por un rencor, por un odio de las víctimas, ni vive mirando el pasado como un horizonte a seguir, sino que vive aún sufriendo los vestigios de una tiranía que guardó las armas porque dejó su ley. Serán las nuevas generaciones las que tienen que vencer las cadenas que las anteriores no han podido y hoy es un buen momento para al menos demostrar que tenemos la fuerza de nuestras ideas.
            Si hoy queremos justicia para nuestro país, la mejor forma es cambiando su Constitución, cambiando su parlamento, cambiando la educación, cambiando la salud, cambiando el código laboral, cambiando el sistema previsional, en definitiva, haciendo una revolución democrática que cambie todo lo hecho por el aval de balas, torturas y desapariciones.
           
Hoy a 40 años del Golpe, solo diré como el mismo Allende:
                                                                                Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! 

martes, 11 de junio de 2013

“Pensamiento, Sociedad y Desarrollo. Chile 40 años después”

Nota Introductoria
El presente texto fue una Conferencia realizada en las IX Jornadas Nacionales y VI Latinoamericanas “El pensar y el hacer en Nuestra América a doscientos años de las guerras de la independencia”, realizadas en octubre del 2010 en la Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca Argentina y publicada como artículo en la revista Pacarina del Sur (www.pacarinadelsur.com) y com capítulo en el libro El pensar y el hacer en Nuestra América a doscientos años de las guerras de la independencia Buenos Aires 2011 Imago Mundi.  



Chile y la lucha de clases.
“La historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de la lucha de clases.”                                         
K. Marx y F. Engels

            Hace un par de años se cumplió al centenario del natalicio de Salvador Allende. Hoy se cumplen 40 años desde que asumiera la presidencia de la república de Chile, en un hecho inédito para la historia, el socialismo conquistaba el poder por la vía eleccionaria. Democracia liberal y socialismo ortodoxo se convertían en el centro de la discusión teórica de la izquierda chilena y latinoamericana. La derecha por su parte se organizaba. La vía chilena al socialismo no resistió más que mil días. La Unidad Popular se convertía en un ejemplo para el mundo, en donde la conciliación multipartidista y la unidad de credos era la fortaleza del nuevo gobierno, pero no pudo por la vía pacífica oponerse a la barbarie de las armas. Allende no salió vivo. El 11 de septiembre de 1973 la Moneda ardía en llamas, los soldados que decían protegerla la atacaban ahora con furia; balas, bombas y granadas destruían los muros del palacio de gobierno y con ello también se destruía la sociedad que se reinventaba con las ideas de justicia social. Allende dejaba a las nuevas generaciones la tarea que se posponía. Ese mismo día comienzan las detenciones y las torturas, a la mañana siguiente los fusilamientos. En dos días, la normalidad se restituía; la gente volvía al trabajo; y la institucionalidad se vestía de colores militares y empresariales. Las personas tenían miedo. Comienza el terrorismo de estado y la modernización neocapitalista. Chile ahora caminaba hacia el neoliberalismo. Se inicia lo que ellos mismos denominaron la revolución silenciosa. Las armas blindaban la desarticulación de la sociedad anterior y permitían los cambios hacia el capitalismo extremo. 17 años duró la dictadura militar. En 1989 por una mayoría relativa triunfa el NO. Marzo de 1990; Patricio Aylwin se convierte en el primer presidente electo en la vuelta a la democracia. Sin embargo, esta democracia ya no era la misma, estaba limitada con un sistema binominal. Solo dos conglomerados tienen posibilidad de repartirse el poder parlamentario. No hay espacio para la diferencia. La izquierda ha retrocedido. La persecución casi la hace desaparecer. Muchos se habían ido, pocos volvieron. La democracia ahora estaba pactada con la derecha. 20 años de Concertación de partidos por la democracia han gobernado, cuatro presidentes han habido; 2 Demócrata cristianos (DC), uno del Partido por la democracia (PPD) y otro del Partido socialista (PS). Este último fue la primera mujer presidenta, militante del mismo partido de Allende; Michelle Bachelet. Las políticas económicas fueron las implantadas en la dictadura, el neoliberalismo hacía crecer la economía y aumentaba la desigualdad. La movilización social ahora estaba desarticulada. 20 años y ningún cambio en lo político que avanzara hacia un país más democrático y más justo. La concertación quedaba en deuda. Hoy Chile ha elegido un gobierno de derecha. A la fecha actual[1] van más de 5 marchas masivas. Dos de ellas han superado las 200 mil personas a nivel nacional. Los jóvenes se han empoderado. La familia vuelve a la calle. Chile tiene una esperanza, solo el tiempo nos dirá hacia donde vamos. La construcción social no está determinada cuando es democrática, solo se sabe que tendrá una gran resistencia de los grupos económicos y dominantes. Chile sigue viviendo y la lucha de clases[2] se vuelve hacer evidente.
           
Pensamiento, Sociedad y Desarrollo           
                       
            El golpe de Estado realizado por las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden marca un antes y después en la historia chilena. La llegada de la derecha al poder destruyó casi en la totalidad el proceso social anterior. La construcción de identidad y de la propia subjetividad de la clase obrera se había iniciado en Chile a finales del siglo XIX y comienzos del XX. El discurso político y social de los movimientos obreros traspasó las fronteras de la lucha reivindicativa y sectorial e inició la construcción de un proyecto político propio. Sus banderas de lucha tuvieron eco en las Universidades en la década del ´20[3], mientras que en la literatura se manifestó de lleno en las generaciones del ´27 ´38[4] y ´40. Entre tanto, las artes vivirían lo propio en los años ´40[5] y la música popular chilena, que resurgía desde el campo, lo haría en los ´60[6]. Todas éstas fueron otras formas de expresión de un discurso social y político en construcción, las que han ayudado a no olvidar lo sucedido y la creatividad de lo realizado. Estas manifestaciones son la evidencia del desarrollo de la subjetividad y de la autoafirmación de sí que como sujetos de clase lograron desarrollar los trabajadores chilenos. Sin embargo, la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet trató con mil formas borrar lo construido y hasta cierto punto lo logró. Primero con la violencia física, luego con la quema de libros y supresión de ideas, para finalmente cambiar el sistema político y educativo. La derecha económica, con el oportunismo característico, hizo su asesoría a costa de mejorar su beneficio político y financiero. Mano de obra barata, mal educada, sin mucho pensamiento crítico y con poca movilidad social son sólo algunas de las condiciones negativas que surgirían con el nuevo sistema. En él, también, descubrieron una nueva veta para hacer negocios: la educación.
Hoy, la educación ha crecido a niveles insospechados, donde el mercado regula gran parte de ese crecimiento. El estudiante ya no es una persona en formación, sino el comprador de un servicio. El sobreendeudamiento en la banca privada y la competencia entre las instituciones han colmado la oferta de profesiones. El estado, marginado de su responsabilidad con la educación y convertido en un subsidiario, ha visto sucesiones de crisis económicas en sus propias universidades, dando espacios para el crecimiento desmedido de la oferta privada y lucrativa. El PIB invertido en educación superior en Chile es el 0.32[7], el más bajo de los países de la OCDE. Esto traducido a la realidad, representa alrededor de un 15% del costo total de una carrera en las universidades públicas, el 85% restante es cubierto con capitales propios de las familias, con créditos que pueden ser fiscales según condición socioeconómica o de la banca privada según la renta del aval (Créditos Corfo).
A esto, debemos sumar las limitantes de una democracia tutelada por una institucionalidad presidencialista, cuya única participación política es por medio de los partidos pertenecientes a los conglomerados de derecha y de centro-progresista. La izquierda hasta antes del 2010 representada en el Partido comunista se denominaba extraparlamentaria. Hoy, por un acuerdo contra la exclusión producida por el sistema binominal, el PC tiene tres escaños en el parlamento, por medio de cupos cedidos por los partidos de centro-izquierda de la Concertación.
De este modo, el poder ciudadano se ha visto mermado y superado por una sociedad de consumo, donde la organización social cada día es menor. Los sindicatos son perseguidos, los centros de estudiantes y federaciones están prohibidos en la mayoría de las universidades privadas, y los espacios colectivos están reducidos a fiestas callejeras tipo carnaval, sin ningún desarrollo identitario ni local propio. Sin embargo, los últimos acontecimientos evidencian que la perdida de ideales y el compromiso social es producto de un sistema agotado que está retrocediendo. Hoy los ciudadanos están exigiendo más y la institucionalidad debe buscar soluciones. El descontento social producido por la inequidad del desarrollo está evidenciando un conflicto ocultado. El desarrollo ha producido la siguiente sentencia: en 30 años de capitalismo neoliberal en Chile, los ricos son más y ricos y los pobres son más pobres. 

Sobre el pensamiento

Muchos son los testimonios de intelectuales que hablan del periodo vivido en Chile llamado “El apagón cultural”.[8] Este fenómeno producido por la persecución al pensamiento crítico y a las corrientes intelectuales y artísticas de izquierda, tuvo como máxima expresión la expulsión de sus cátedras a varios cientos de profesores y académicos universitarios. El cierre temporal de carreras y la fragmentación de las universidades del estado culminó el llamado proceso de limpieza del pensamiento marxista de las aulas. La Universidad Técnica del Estado y la Universidad de Chile fueron divididas en universidades regionales. La exoneración y el exilio fueron parte de los efectos, pero la constitución de 1980 permitió la formulación de leyes sin discusión parlamentaria.  Los nuevos decretos dictaminados al año siguiente reinventaron el sistema educativo. Ahora se traspasaba a las familias la responsabilidad de la educación y se convertía al estado en mero subsidiario.
Hoy, el rol de los intelectuales es de simples espectadores. Pocos son los que han desarrollado pensamiento crítico y menos aún los que lo combinan con una práctica social. La mercantilización de la educación ha afectado directamente la calidad investigativa y la generación de nuevos conocimientos y pensamiento crítico. Lo poco rentable que son las áreas humanistas han hecho que retrocedan de su lugar fundamental en las instituciones de educación superior. Ahora, los economistas son quienes determinan los programas curriculares, le llaman: competencias. Atrás han quedado las reflexiones y publicaciones de ensayistas e intelectuales que alimentaban el debate, hoy todo es y debe ser conciliado. La divergencia es considerada conflictiva y esta, a su vez, negativa para la productividad, por lo que es aislada por un sistema que busca la autorrealización.
Este giro epistemológico del hacer educativo en Chile evidencia lo que el capitalismo, los filósofos metafísicos y un gran número de académicos chilenos han negado: la estrecha relación entre política y educación. Las humanidades viven en el paradigma de la incertidumbre, pero no hablamos de esa que alimenta la sospecha y la duda sobre el conocimiento existente, sino el de la supervivencia, ya que el poco o casi nulo financiamiento de proyectos de investigación social y humanista, incluso en las universidades públicas, están afectando el debate académico e intelectual. La organización de congresos y seminarios están en su mayoría coordinados por iniciativas estudiantiles, pero no obedece a una política universitaria. La extensión es casi una simple declaración consignada en los principios de la visión y misión institucional, pero sin recursos para su ejecución. Unos dicen que falta financiamiento del Estado, otros que la empresa privada debe financiar estas iniciativas, sin embargo lo que resulta de esto es una carencia de espacios de intercambio investigativo que surja como parte del quehacer académico.
La apertura hacia las carreras científicas y tecnológicas por parte de la investigación y la academia es importante para el desarrollo del país. Sin embargo, no es el único polo de desarrollo educativo y profesional. Esto ha originado la llamada tecnocracia en la política chilena, donde son los Ingenieros Comerciales e Industriales los que están haciendo política como administradores de una empresa, sin tener una visión global y valórica de lo que significa la sociedad en su conjunto. El resultado ha sido buenas cifras en lo macroeconómico y pésimo desarrollo social. El Chile actual es uno de los países a nivel mundial con los peores índices de distribución de la riqueza. Un alto ejecutivo de una multinacional llega a ganar hasta 100 veces más el sueldo de un empleado de baja calificación en la misma empresa.
Hoy las cátedras universitarias están plagadas de paradigmas económicos y neoliberales, su justificación es que vivimos dentro de este sistema. Sin embargo, el espacio que representa la universidad es mucho más diverso que la reproducción de conocimientos sistémicos, es en su sentido primero el lugar desde donde surgen los nuevos paradigmas. No es la reproducción de pensamiento sino la creación su estímulo constante.
El pensamiento crítico ha retrocedido dentro de las academias de manera substancial, y al alero de la formación de los nuevos profesionales se encuentra lejos de volver a ocupar su sitial. Nuestra visión de la educación no surge desde la reflexión crítica y participativa de la comunidad educativa, sino de la imitación y copia de los modelos europeos y norteamericanos, los que hasta la fecha no han dado buenos resultados. No obstante, el gobierno y la clase política culpa a los profesores, a quienes se les obliga a impartir un currículo que, en el sector público y semi-público de la educación secundaria, ni siquiera pueden modificar, y en el que tampoco tuvieron una opinión cuando fueron formulados. Así, la problemática de la educación chilena y el desarrollo del pensamiento es transversal, cuyo origen es producto de una construcción global del sistema que afecta desde la educación básica a la superior.  
El capital humano avanzado tampoco se encuentra marginado de esta realidad. La formulación de múltiples programas de postgrados están más orientados a la especialización profesional que hacia la estimulación investigativa, lo que en la práctica resulta ser un negocio muy rentable para las universidades y un gran gasto para el profesional. El problema sobre el desarrollo del pensamiento crítico, creativo, reflexivo y divergente radica en la reproducción de la desigualdad que vive el país en lo económico, ámbito que en el neoliberalismo dicta las pautas del desarrollo educativo y que no considera la diferencia ni la crítica. Este sistema es intolerable a los cuestionamientos.

Sobre la sociedad y el desarrollo

Hace una década atrás el sociólogo chileno Tomás Moulian publicó su libro Chile actual. Anatomía de un mito en el que, de manera clara y lúcida, develaba la realidad social chilena. En él, se evidencian los mecanismos por los cuales el consumo se instala, con ayuda de la opresión social y política, como modelo de desarrollo. Y cuestiona el hecho de que el consumo se haya convertido en una práctica social que ha modificado los valores sociales hacia el hedonismo.
Cuantiosos son los análisis sobre este fenómeno social que se inician con la crítica de Moulian, sin embargo dichos estudios son más utilizados por la publicidad y los medios de control que para la formulación de teoría y pensamiento crítico. El argumento es: la necesidad de trabajo por parte de los sociólogos y las imposibilidades que tiene el sistema para este objetivo. Los 20 años de gobierno de la Concertación son la expresión institucional de este discurso.
La sociedad chilena, dentro del contexto latinoamericano y caribeño, es la que tiene una mayor conectividad, el crecimiento macroeconómico ha permitido el desarrollo de los medios de comunicación y transportes. Cada año la actividad productiva industrial es reemplazada por la venta de servicios y el retail en las regiones. El campesinado se ha trasladado a la ciudad, siendo los inmigrantes quienes ocupan sus puestos en los campos en condiciones laborales de aprovechamiento y explotación. Los bajos sueldos por los que se contrata a los inmigrantes de los países vecinos han provocado, en tiempos de crisis, cifras elevadas de cesantía y el ofrecimiento de sueldos miserables.
En Chile el sueldo mínimo es de 172.000 pesos, algo así como unos 340 dólares. Sin embargo, producto de los descuentos legales de salud, previsión y seguro de cesantía estos se reducen en casi un 25%, quedando en 129 mil pesos chilenos. Pero el tema no se detiene ahí, el sistema tributario chileno es de carácter regresivo, por lo que todos debemos pagar en cada compra el 19% de i.v.a., que en la práctica significa un mayor pago para las familias más pobres y menos para las más ricas. Sin siquiera considerar que casi la mayoría de los empresarios compran con el rut tributario de su negocio, lo que hace que sus impuestos sean deducidos y por tanto pagan menos. Esto hace de que desde la práctica tributaria, es decir, que desde la propia institucionalidad estatal está afianzada la desigualdad. Los orígenes de esto fue la dictadura; los gestores, la derecha; y los profundizadores; la concertación.
La sociedad chilena actual sufre los vicios de un sistema que muestra el sueño burgués, el confort posible de conseguir con el endeudamiento produce la aceptación de los malos contratos laborales para pagar las deudas contraídas, a esto sumamos que la nula participación en la toma de decisiones sobre la economía y la política han permitido que en Chile se formen una parte importante de las fortunas más grandes de América Latina, sin ser uno de los países más numerosos. El confort ha sido asociado a una desvinculación de parte de las personas hacia las problemáticas sociales, provocando que los trabajadores solo se preocupen del cumplimiento de sus “contratos”. 
La centralización del país y todo lo que ello trae consigo, son problemáticas que están convirtiendo la capital en un núcleo social que genera altas expectativas de vida, sin lograrlas. La marginalidad y la delincuencia son solo algunas de las consecuencias de una falta de política que incentive la descentralización. Las ciudades están siendo fragmentadas con la creación de pequeños espacios comerciales copados por empresas multinacionales, los que en Chile y gran parte de América los conocemos como Mall. Estas catedrales del consumo, como las llama Moulian, están conformadas por tiendas que segregan a sus compradores por el poder adquisitivo que ellos tienen, generando una discriminación social hasta en estos centros que han venido a reemplazar el rol de espacio de reunión que tenía la plaza pública.
Los medios de comunicación concentrados en las manos minoritarias de las grandes fortunas y la iglesia, muestran una imagen cordial, amena y tranquila de nuestra sociedad, salvo por la delincuencia. Las diferencias políticas son suavizadas o simplemente omitidas. Los escándalos de corrupción no son investigados, y de ser conocidos no están en las páginas policiales, sino en las económicas, como si no fueran un delito.
En síntesis, podemos señalar, que la sociedad chilena ha sido diseñada de modo tal que todas las actividades económicas y productivas afianzan el ideal de libertad. Sin embargo, en la práctica estamos todos sujetos a nuestro poder adquisitivo y de endeudamiento. Así, el neoliberalismo posee una libertad tutelada por el dinero. Es anti-ético. Los ricos son los únicos que tienen la posibilidad de acrecentar su fortuna, mientras el pobres solo puede mantener su sobrevivencia. El desarrollo chileno es la riqueza de una minoría, la misma que hace 37 años se opuso de forma violenta a una reforma social que redistribuyera los ingresos. Lo paradójico es que esos mismo, demagógicamente, han conquistado el gobierno diciendo que esa es su tarea, disminuir la desigualdad. A la fecha solo vemos que ésta aumenta. Pero los jóvenes se cansaron de sufrir la imposibilidad de acceder a los beneficios que la sociedad con su desarrollo dice tener, generando este año 2011 grandes movilizaciones con demandas que traspasan la pura reivindicación por la educación.

A modo de conclusión
“No es igual la libertad del patrono para contratar trabajo, teniendo en sus manos los medios de producción, que la libertad del trabajador para ceder su única mercancía, el trabajo, careciendo del instrumental para trabajar. Igual sucederá con los pueblos que pretenden enarbolar la bandera de autodeterminación. De aquí que naciones poderosas puedan, en nombre del ideal libertario, imponer sus intereses sobre pueblos que carecen de elementos para hacer respetar el derecho de autodeterminación, pues son estas potencias las que deciden el uso de determinadas libertades en pueblos que carecen de tal potencia. Vietnam, Chile y otras naciones han tenido que enfrentarse a la desigualdad que guardan frente a las grandes potencias y la cual imposibilita la anhelada libertad.”[9]
L. Zea
           
Chile en el transcurso de estos 40 años pasó de un proceso social, a una institucionalidad impuesta por medio de las armas. La participación fue relegada al voto. El comercio ha crecido más que la justicia social. La segregación va desde lo político hasta lo educacional. El gran regulador no es el Estado sino la economía. La ley de oferta y demanda es su constitución. El retroceso de las humanidades ha significado un aumento de la tecnificación profesional con una formación centrada en la práctica y la poca reflexión. La integración social, el trato respetuoso y tolerante hacia la diferencia son condiciones personales y no aportadas por una formación profesional integral. El pensamiento crítico ha sido relegado al ámbito lógico y retórico más que para el uso del análisis y la resolución de problemas.
La educación hoy es un negocio, y es tan lucrativo que la mayoría de los políticos tienen inversiones en esta área. El 2006 una gran movilización de los estudiantes secundarios pedía la derogación de una de las leyes heredadas de la dictadura y que sentaba las bases del sistema. La concertación pactó con la derecha una nueva ley. Se pasó de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (L.O.C.E) a la Ley General de Educación (L.G.E), nada cambió. Se pretendía mejorar la calidad incorporando más competencia en lo profesional. En la actualidad cualquier profesional puede hacer clases en un colegio. La carrera docente ha sido ofendida por la clase política, tal como los mineros a principios del siglo XX eran denigrados por los ingleses dueños de las salitreras. Ellos ven a los profesores como su clase trabajadora y como en toda empresa la generación de mano de obra y la subvaloración de la misma hacen que su costo se reduzca. El efecto; más lucro para el dueño del colegio y el accionista de la universidad, menor ingreso para el trabajador.
            En la sociedad chilena se cree que un profesor estudió esa carrera porque no le alcanzó el puntaje para otra. Los sueldos son en promedio la mitad de lo que ganan otros profesionales de igual preparación. Los dividendos económicos son tan grandes que los sostenedores agrandan cada cinco años los establecimientos. El resultado: la economía ve en la educación un área más de la productividad y no del desarrollo social. Más producción no significa mayor desarrollo.
            La materialidad no es una consecuencia de una distribución equitativa, sino de la apertura comercial producida por los Tratados de Libre Comercio (T.L.C.). Esto ha originado una amplia oferta de productos, cuya economía se fortalece por la venta de servicios. Es intangible. Dependemos de la situación del cobre y él del crecimiento de China e India, de la importación de productos agrícolas y el comercio. La industria nacional casi no existe. En Chile se puede encontrar de todo, pero casi todo es chino, el resto de los productos es de los demás países de Asia.
            Con entusiasmo hemos manifestado demandas que van en el sentido contrario, pero desde los gobiernos nada ha sido recogido. La realidad actual está sufriendo el agotamiento de una sociedad silenciada por la voz autoritaria de una institucionalidad política que se parapeta en la legalidad. Todo está controlado por una Constitución que pareciera ser intocable. El sistema binominal, la educación como bien de consumo, la imposibilidad de los organismos públicos para hacer industrias con sentido público. Estos son algunas de los controles que se heredaron de la dictadura. Los partidos se han acomodado a su ejecución, en ellos pareciera que la discusión está agotada a la utilidad de la administración y no hacia la participación y representación social.
            Estos son tiempos de conflicto, la derecha no tiene capacidad de diálogo y entendimiento con la ciudadanía. No entiende que para gobernar debe hacerlo con la gente y no imponiendo su postura sobre ella. Su elección, surgida del descontento con la concertación, evidenciaba la señal de que las personas no se sienten representadas por la institucionalidad política. Los actores sociales ya no se agrupan en los partidos tradicionales, sino en la red social: el internet. Vivimos tiempos de lucha, hemos de esperar que la justicia de las demandas se imponga a los maltratos de la represión y la intransigencia de un sistema agotado. En 1989 cayó el socialismo como lo habían desarrollado los soviéticos. Hoy estamos viendo como comienza a derrumbarse el neoliberalismo.  








[1] Estos antecedentes los he querido sumar a los dichos en el Congreso en Bahía Blanca, porque estas movilizaciones masivas son un acontecimiento histórico para los últimos 20 años, donde las movilizaciones masivas de estudiantes y trabajadores están poniendo en jaque las decisiones del gobierno de Sebastián Piñera (Renovación Nacional), provocando incluso cambios de gabinete, además de tener que discutir las problemáticas planteadas con el propio movimiento social.
[2] Sobre este concepto es importante señalar lo siguiente: en una carta de Marx a Weydemeyer fechada el 5 de marzo de 1852, explica que el concepto de lucha de clases no le pertenece, sino que lo tomó de los historiadores burgueses. Marx lo dice así: “en lo que a mí respecta, no ostento el título de descubridor de la existencia de las clases en la sociedad moderna, y tampoco siquiera de la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, los historiadores burgueses habían descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y los economistas burgueses habían descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases. Lo que yo hice de nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está vinculada únicamente a fases particulares, históricas del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura sólo constituye la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases. Marx, C. y Federico Engels Correspondencia 1947  Ed. Problemas Buenos Aires p.73
[3] En el año 1920 la FECH (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile) es ganada por sectores anarquistas y socialistas. Produciendo el primer acercamiento entre el mundo estudiantil y sindical. Para mayor profundización ver: Revista Claridad 1920-1926 Órgano oficial de la FECH en http://www.claridad.uchile.cl/ y a Góngora, Mario Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX Santiago 1986 Ed. Universitaria.
[4] Las generaciones del ´27, ´38 y ´40, corresponden al método histórico de la literatura desarrollado por Cedomil Goic. Éstas representan las más comprometidas con los movimientos sociales. Su narrativa de carácter realista e influencia rusa será matizada por la realidad social chilena, dando pie al surgimiento de una narrativa social proletaria en pleno auge de las vanguardias estéticas. Su literatura de fuerte sentido pedagógico será publicada principalmente en la prensa obrera y sus autores más relevantes engrosaran las filas del movimiento social anarquista y comunista.
[5] Un importante lugar ocupará el grabado, el que tuvo un desarrollo significativo en estos años. Sus principales exponentes serán Matta, Carlos Hermosilla y Sergio Rojas.
[6] La figura primordial para este resurgir del folclor chileno será Violeta Parra, quien dará un impulso a la música popular chilena en la llamada Peña de los Parra. Autores como Victor Jara y Patricio Manns formarán la parte fundamental de la Nueva canción chilena. Para un conocimiento más acabado ver: Revista Araucaria de Chile N°2 en http://www.memoriachilena.cl//temas/index.asp?id_ut=revistaaraucariadechile(1978-1989) y a Manns, Patricio Violeta Parra Barcelona 1978 Ediciones Júcar.
[8] Para una mayor profundidad ver Revista La Araucana de Chile N°1 en http://www.memoriachilena.cl//temas/index.asp?id_ut=revistaaraucariadechile(1978-1989) Este órgano reunía a gran parte de los intelectuales chilenos y latinoamericanos exiliados. En ella es posible observar las corrientes de pensamiento crítico y artístico que sufrieron la persecución de las dictaduras, aunque enfocada principalmente en la situación chilena.
[9] Zea, Leopoldo Filosofía de la historia de América Méjico, Editorial Fondo de Cultura Económica 1987, p.40

jueves, 30 de mayo de 2013

Bolaño, un hombre rebelde.


Abert Camus en su texto El hombre rebelde (1951) comienza el primer capítulo preguntándose y respondiendo: “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento.” (2003:17). Roberto Bolaño (1993-2003), el escritor chileno radicado en España y que escribía situado en México (entre otros temas), es hoy por hoy, a diez años de su muerte, el referente principal de las letras hispanoamericanas actuales. El poeta maldito, por no decir marginal, que no había surgido en los centros letrados y académicos, sino desde  un barrio común, sorteando la aventura de la vida con empleos precarios y laureles fugases en pueblos desconocidos para los intelectuales universalistas y a los que ningún escritor “importante” o “reconocido” se presentaría ni como jurado, había elegido la literatura como su campo de batalla, como el espacio político para su rebeldía. Hombre agrio en sus comentarios pero fino e inteligente en su escritura, se ha vuelto un mito literario al cual todos adoramos, no sé si por efecto de sus discurso persuasivo o por la propia búsqueda de validación, pero hablar de Bolaño hoy es signo de intelectual contemporáneo. Pero lo cierto, es que mi acercamiento a Bolaño fue por medio de un amigo, estudiante de literatura en Valparaíso, con quien compartí un lugar de trabajo como vendedor en una reconocida cadena de librerías (esas donde se venden libros).
Recuerdo claramente que en uno de los tantos ingresos atrasados, por la amanecida con amigos la noche anterior, fuimos relegados a ordenar los libros desordenados en las estanterías del segundo piso del local. Ahí, entre diccionarios y libros de arte, surgió la presentación de un desconocido escritor chileno que el seudo-underground intelectual porteño andaba comentando y leyendo como una creciente moda, y que yo como buen vendedor y estudiante de filosofía debía conocer. Roberto Bolaño era su nombre y Los detectives salvajes (1998) fue la novela. La verdad es que me aburrió de la página 200 a la 300. No encontré mucho allí que me cautivara, sin embargo me resistí y lo completé. No obstante, mi compañero bolañista me insistía en que debía seguir leyendo sus textos, por lo que me pasó de las estanterías La pista de Hielo (1993), Amuleto (1999) y La literatura nazi en América (1996) “para que te armes un panorama”; me dijo. Le hice caso y me fui adentrando en su obra.
Al poco tiempo, terminé mis estudios de filosofía e ingresé a un post-grado en literatura, ocasión que no podía rechazar para escribir sobre él. Bolaño y la anarquía estructural de la novela (2009) y pronto a publicarse en una revista académica en EE.UU. La tesis fue Bolaño anarquista. Algo raro y novedoso para quienes acostumbran a leer sobre él en textos que hablan de su genialidad literaria,  su periodo infrarrealista o de su personalidad como amigo, amante o lector. Todas cuestiones interesantes pero poco profundas. Aburrido de las actuales teorías literarias post-modernas y de abordar los estudios americanos como epifenómenos de la cultura euroccidental hice otro cruce, su mirada como autor. ¿Por qué Bolaño es importante para la narrativa? ¿Dónde reside su punto de inflexión con los demás escritores?  Y ahí volví a releer alguno de sus textos y entrevistas, donde en todas encontré que él libraba su propia batalla contra lo establecido, contra la autoridad, con el ejercicio dominante de lo canónico, no para ser un canon sino para valorar lo otro, eso que está en los espacios que el rondó por mucho tiempo, los espacios marginales. Pero no pudo mantener la pureza de sus ideas y sucumbió a las exigencias editoriales de quienes se enriquecen con la genialidad de otros, incluidos familiares y amigos, que han construido la marca Bolaño, no por sus ideas literarias sino por su mitificación personal. Sin embargo, Bolaño era anarquista y sabía de su derrota. El dice:
“La verdad es que para mí, y quiero ser muy sincero, la idea de la revolución ya estaba devaluada cuando yo tenía 20 años. A esa edad yo era trotskista y lo que veía en la Unión Soviética era una contrarrevolución. Nunca tuve la sensación de estar apoyado por la dirección de la historia. Al contrario me sentía aplastado. Creo que eso se nota en los personajes de Los Detectives salvajes” (Braithwaite, 2006:51).

Su política anti-autoritaria fue expresada en muchos pasajes de sus escritos, extremados en la concepción de la forma, Bolaño descría de las estructuras pre-establecidas llegando a decir que:
“Los temas siempre son los mismos, desde la Biblia y desde Homero. Según Borges, no son más de cinco. En las estructuras, por el contrario, las variantes son infinitas. Podemos construir obras de mil maneras diferentes y aun así estaríamos sólo en el principio. Por descontado, no creo que la literatura esté agotada. Eso no va a suceder jamás, al menos mientras los seres humanos puedan hablar. La literatura se alimenta de la oralidad, del habla de la tribu, de la jerga de la tribu. Las voces entrecruzadas y superpuestas que se pueden oír en un autobús, por ejemplo, probablemente contengan más energía que la mayor parte de los poemas que hoy se escriben en Santiago.” (Braithwaite, 2006:51).

Cuestión que la teoría literaria no puede abordar por su marcado positivismo y estructuralismo aún presentes, posiciones desde las cuales buscan establecer los patrones a seguir para universalizar principios y construir autoridad y canon. De ahí que la figura que tenga a la vista sea la señalada por Camus, porque sin querer la rebelión de Bolaño lo llevó a los sitiales del rey que él mismo criticó.

lunes, 27 de mayo de 2013

El Colegio; una institución desbordada.

Muchos son los análisis que versan sobre la Educación en Chile, partiendo de los resultados de pruebas estandarizadas hasta de los factores económicos que impiden su desarrollo y mejoramiento de la calidad. Todas contribuciones que no pasan de una opinión “técnica” por no decir “científica”, pero que más allá de maquillajes superficiales no pueden proponer un cambio substancial del sistema, pues todo gira con una tesis central como fundamento; el colegio como institución se mantiene. Algo que sencillamente es increíble si entre las muchas propuestas encontramos que puede cambiar la institucionalidad estatal, pública, privada, interna del Ministerio de educación, pero en nada la del Colegio, Liceo o Escuela.
            Este asunto nos hace pensar que el modelo de disciplinamiento y del espacio ideal para la promoción y reproducción del pensamiento ideológico dominante o hegemónico, como lo llamó Gramsci, cumple bien su función y no está puesto en cuestionamiento, por tanto se buscan estrategias para que dicha función mejore en calidad, porque no se está pensando en el desarrollo integral del ser humano, en este caso de los miles de niños y niñas y adolescentes, sino que en las exigencias de un modelo político, económico y social como lo es el Neoliberalismo, en cuya base tiene como objetivo fundamental el “saber hacer dinero”. Esta condición ineludible a cualquier sujeto es la que obliga a poner en funcionamiento una serie de mecanismos desde el aparato institucional que viene a ser el colegio. En este sentido hemos visto cambios curriculares como la disminución de horas a filosofía, artes, historia, idiomas distintos del inglés, educación cívica, entre otros aspectos que incluyen: cambios en la prueba de selección para el ingreso a la universidad, mediciones periódicas en asignaturas como inglés y educación física (Simce) y un aumento de exigencias que sobrecargan la labor docente bajo el prisma de la competencia, el cual pone un énfasis primordial en la obtención de resultados favorables y no en el desarrollo integral del educando. Es decir, la calidad de la educación se mide por los resultados de una prueba y no por la calidad de vida y desarrollo que puede alcanzar un niño o niña en el conjunto de la sociedad. Con esto cambia la lógica de entender la educación como un proceso de formación a una lógica efectista y exitista en que unos logran sobresalir de otros porque tienen cualidades diferentes, especiales, es decir, se rompe el criterio de igualdad por uno de “virtud”. Esto último ha impulsado un conservadurismo segregador  en que han establecido colegios de “excelencia” para “virtuosos” y otros para los “no-virtuosos”. No obstante, nuestro cuestionamiento aumenta cuando vemos la etimología de la palabra virtud, que en griego es areté de misma raíz que aristós, origen de la palabra “aristo-cracia”.
            Pero la dificultad de cómo abordar el problema de la educación no pasa por la sola crítica de las direcciones que asoman en las soluciones a esta “preocupación por la calidad” sino también por una observación más precisa al colegio como institución. En este espacio la gran crítica interna, es decir; de los propios docentes, es la pérdida de autoridad de los profesores, la nula participación de los apoderados en las necesidades de sus hijos, magros resultados en las pruebas por cada ramo, la pobre obtención de los objetivos formulados en cada asignatura, mala infraestructura, bajos sueldos y un largo etcétera. Pero si estos elementos los vemos como consecuencia y no como causa, nos vemos obligados a buscar fuera del espacio institucional del colegio para encontrar los orígenes de sus dificultades.
            Ahí, en el desarrollo socio-cultural, político y económico es donde vemos que los problemas sobrepasan las posibilidades reales del colegio como institución, porque la exigencia de resultados va en dirección opuesta a las necesidades particulares de cada sujeto para su formación, por lo que la lógica de una imposición normativa de aprendizajes estandarizados parte con un desequilibrio imposible de subvertir en el aula de clases, puesto que no se está comprendiendo al educando como un ser humano en todas sus dimensiones sino como un ente racional y reproductor de conocimientos, en una enseñanza mecánica de aprendizajes formales que representan en muchísimos casos una cuestión de segundo y tercer orden, ya que hay necesidades afectivas, alimenticias e incluso materiales más significativas para el niño o niña que el aprendizaje mecánico de una fórmula matemática.

            De este modo, vemos que el colegio creado para el desarrollo de una educación formal de enseñanza-aprendizaje está desbordado como institución, puesto que los factores socio-culturales, políticos y económicos crean dificultades humanas mayores que las pre-visualizadas en una sociedad que tenía como base orgánica y estructural la familia en su sentido clásico; papá, mamá y/o hermanos. Hoy, las exigencias para la supervivencia en la sociedad está sufriendo la mercantilización de todas las relaciones humanas, lo cual ha llevado a que de un concepto de familia pasáramos al de grupo familiar y de ahí a lo que Inmanuel Wallerstein llama unidad doméstica económica, no porque en una sociedad capitalista Neoliberal como la nuestra todos busquen la acumulación del capital, sino porque se ven en la necesidad imperiosa de aumentar sus ingresos para subsistir y consumir, lo cual motiva la vida en grupos que no necesariamente poseen lazos sanguíneos. De ahí que el problema educativo no puede ser visto únicamente como una cuestión cognitiva o de dificultad de aprendizajes desde ópticas psicológicas individuales sino que deben ser integrados los factores externos y propios de la sociedad a la hora de una evaluación, donde queda de manifiesto que el problema de la calidad de la educación es más profundo que una discusión sobre factores económicos, de gestión o de resultados en pruebas estandarizadas. Por lo cual, es necesario evaluar la institucionalidad de los colegios como instancias de enseñanza-aprendizaje formal solamente, incorporando elementos de desarrollo cultural y realización personal, pero no ensimismados como comunidad sino que en diálogo con otras comunidades, para que no solo se genere una subversión de las dificultades sino también para la construcción de una sociedad distinta, donde primen valores como la solidaridad y la igualdad.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Educación, competitividad y mercado: Las bases de la desigualdad en Chile


Al andar de un año de las masivas manifestaciones estudiantiles y sociales por cambios y mejoras en la educación y el reclamo de gratuidad y calidad en todos sus niveles, se sigue construyendo una profundización que va en sentido contrario a lo que la ciudadanía demanda y peor aún, con el correr del tiempo, se va produciendo un crecimiento en la brecha entre los ricos y la clase trabajadora.
Desde la revolución francesa la educación ha sido un tema importante para la construcción y desarrollo de un país. Los proyectos educativos han pasado de ser quiméricas propuestas a productivas soluciones, viendo en la actualidad a la educación como un mercado más para producir ganancias junto al inmejorable beneficio de expandir y reproducir una determinada concepción del mundo. La educación en Chile normada por más de veinte años por la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) fue remplazada, producto de la movilización estudiantil, el año 2009 por la Ley General de Educación (LGE), un macro acuerdo que establece bases y supuestos que debiesen cumplirse en el plano educativo en el país, pero que no explicita el modo de consecución de dichos objetivos.
No obstante, en ambos casos el planteamiento formal o legal de la educación parte de un hecho fundamental y que determina toda construcción posible de la educación en Chile, aun cuando esta fuera gratuita, en el que se establece que es la familia quien en su libre decisión opta por tal o cual institución y se hace responsable de dicha elección, es decir, el Estado pasa a un lugar secundario al no poder establecer criterios y normas sobre las cuales debe efectuarse la educación a cada persona ni proporcionar una real igualdad de condiciones educativas reales, pues permite la existencia de establecimientos con proyectos autónomos inclusive de los planes y programas del Mineduc, lo cual establece como base que la educación sea considerada como un “servicio” de acceso privado.
¿Cuál es el problema de todo esto? Que aun existiendo gratuidad en la educación en todos sus niveles, seguirá habiendo proyectos educativos que podrán diferenciarse y junto con lucrar, desarrollar proyectos ideológicos en esas instituciones, lo cual que se mantiene incorruptiblemente. De ahí que, por ejemplo, uno de los sostenedores más grandes e importantes del país no haya indicado nada sobre el cómo debiese ser la educación en su sentido igualitario y equitativo, me refiero a la Iglesia Católica, porque sus establecimientos, particulares en su mayoría, poseen una fuerte carga formativa vinculada a los principios de la Iglesia, como a su vez las otras religiones y minorías construyen cada una establecimientos educativos en base a sus creencias, sin establecer “necesariamente” un marco educativo común con lo solicitado por el Estado a través de los planes y programas educativos. Es decir, la base de la desigualdad está dada en el principio liberal que permite la existencia de múltiples proyectos educativos. Pero además el rol de la educación pública que vendría a ser la contraparte por la cual el Estado imprime y logra sus objetivos declarados de formación con igualdad, equidad, universalidad, etc, etc, no tiene formas de implementación directa puesto que los establecimientos dependen de cada municipio, lo cual está asociado a los planes de los gobiernos municipales, quienes además se encuentran con serias deficiencias económicas como para implementar proyectos educativos capaces de “competir” con los privados.
La competitividad llevada a todos sus niveles y espacios ha sido el puntal ideológico del Neoliberalismo, la disputa por ser el mejor y el más capaz. Una vuelta a la areté (virtud) griega que tanto deslumbró al filólogo alemán Werner Jäeger, que es la cualidad desde donde se originaba la distinción de las clases entre los griegos y surgía la aristós o aristocracia. Algo que hoy tiene su propio modelo instaurado en colegios y universidades, pero por sobre todo en el modelo social. En Chile existe una aristocracia que compite entre sí, ellos no se ven ni amenazados ni amedrentados por posibles trabajadores que destacándose les arrebatarán el poder, pues en el afán competitivo siempre tendrán los recursos para validar los conocimientos de su clase en espacios de mayor reconocimiento, Harvard, Oxford, Princeton, Columbia, MIT, etc, etc. Por lo que la utópica visión de que la educación promovía la igualdad o que genera movilidad social está más cerca de ser una quimera que una realidad, ya que por muy buen profesional que se sea en Chile, titulándose incluso en Ues privadas, siempre se tendrá un segundo lugar porque el capital social y cultural dado por el origen socioeconómico sigue siendo un valor agregado que se considera al examinar los Currículums.
En este sentido, la existencia de la educación dentro del mercado es algo que le subyace a la realidad que se ha estructurado en el país, es decir, al modelo económico y no una corrupción de los sostenedores, porque la lógica ideológica de la competitividad se materializa en una realidad llamada mercado y cada proyecto educativo alternativo que se levante irá en este sentido, incluso el de la gratuidad. Defender lo público es necesario, pero también lo es el proponer un modelo educativo completo que cambie la mirada ideológica de la competitividad, algo que está muy lejos de alcanzarse si pensamos en que las discusiones de las mallas curriculares en las universidades hoy están incorporando esta condición.
Así, la educación se vuelve ideológica y funcional en su visión competitiva, reproduciendo una lógica instalada en la sociedad como la posibilidad de superación; el mercado. De ahí que toda realidad posible contenga como base la desigualdad, cambiarlo supone hacer una revolución en el sistema y cambiar el modelo económico y político, mientras siga así, solo queda observar como se reproduce y amplía la brecha y cada día salen miles de profesionales a los que se les aplica la lógica del mercado; a mayor demanda menor oferta, precarizando su puesto laboral y negando toda posibilidad de movilidad social, ya que el trabajador seguirá siendo un trabajador.