martes, 8 de octubre de 2013
lunes, 30 de septiembre de 2013
El NO y sus consecuencias, una mirada crítica
Desde hace mucho tiempo
resuena el eco alegre del triunfo democrático por el cual se puso fin a la
Dictadura militar, cuya algarabía fue tanta en ese momento que se extendió por
20 años como la repetición de un disco en mal estado. Pero al mirar lo sucedido
posteriormente y el actual momento que atraviesa la sociedad chilena nos es
posible advertir una serie de “eventos desafortunados”, por llamar de algún
modo a todas esas decisiones y acciones que se llevaron adelante como parte de
un supuesto programa que definía la vida democrática como supresión de la
diferencia, pues, en efecto, la política tendió siempre a caminar por el
acuerdo impositivo de un sector que en Chile siempre ha sido una minoría. Ahora
bien revisemos brevemente algunas consecuencias en esa pequeña historia de los
últimos 25 años.
El triunfo del NO y su
eslogan que indicaba una alegría futura suprimió de facto el sentimiento
profundo del dolor, el temor y angustia ante un país lleno de injusticias y
arbitrariedades que durante 17 años tuvo como discurso principal el
anti-comunismo, dando la esperanza que todo podía cambiar y que además eso
provocaría la alegría (entiéndase dignidad) de vivir mejor. Sin embargo esa
utópica posición y proyección política tenía como resultado inmediato el
triunfo del modelo que se impuso mediante la Dictadura, pues era someterse a
las reglas del juego pre-establecidas en una Constitución fraudulenta, pero
además llena de vicios justamente anti-democráticos en que una minoría siempre,
sin importar los resultados electorales, se ha visto favorecida.
Pero el problema no se
detiene ahí, que ya es muchísimo. Sino además ese hipotético triunfo trajo
consigo una serie de acuerdos que pretendían, y en gran medida lo lograron, hacer
borrón y cuenta nueva, algo así como comenzar una nueva independencia
legalmente establecida, luego de una “supuesta” guerra civil por esa independencia
que se obtuvo con el Golpe de Estado del “cáncer marxista”, de ahí la figura
pletórica de Pinochet como Capitán General, grado solo ha sido sustentado por
el llamado padre de la patria Bernardo O´Higgins. Entonces, a partir de esta
constitución se ordenaba el curso estable de lo que ese sector minoritario
definió cómo la correcta forma de vivir en democracia, con acuerdos y
limitaciones que desde el primer gobierno concertacionista de Aylwin se han
visto beneficiados, por ejemplo, acuerdo para no investigar los casos de las
privatizaciones de las empresas estatales llevado a cabo en Dictadura, intento
y esto es muy sospechoso, por eso no solo es dudosa sino también inverosímil la
posición de desconocimiento de las violaciones a los derechos humanos por parte
de ese sector minoritario que gobernó junto al dictador, promover la misma amnistía
(olvido en griego) para los delitos de lesa humanidad cometidos por los
militares, mantenimiento del modelo en sus bases fundamentales de salud,
educación, vivienda, previsión y sistema tributario, asimismo como del sistema
electoral y conservación de la institucionalidad adquirida de las fuerzas
armadas. En fin, todo un conjunto que solo hacía mantener lo fijado por medio
de un terrorismo de Estado.
Entonces cabe
preguntarse ¿Qué tuvo de positivo el triunfo del No en Chile? Una cosa, poner
fin a la arbitrariedad que era tan grande que la diferencia era desaparecida,
silenciada, asesinada y torturada. El NO puso fin al Terrorismo de Estado. Ese
fue el triunfo, más no significó ninguna otra cosa, pues todo lo demás ha sido
con el beneplácito de un poder económico que saca bien sus cuentas y permite
hacer algún pequeño cambio que signifique siempre más crecimiento económico
para el consumo, pues la política de los bonos es una muy social forma de
traspasar fondos públicos a los privados, pues aumenta la capacidad de consumo
de una familia por una vez al año entregándole esos fondos en la compra al
propio privado. Pues hoy en Chile todo tiene un valor monetario.
En este sentido, Piñera
ha sido el presidente más concertacionista de todos, pues ha sido pragmático en
todo sentido contraviniendo incluso posiciones pactadas como el 10% del cobre
en las fuerzas armadas, el voto voluntario o la cobertura económica desde el
Estado a los estudiantes de Educación Superior, pero como todo se ha
visibilizado como verdaderamente es, como política de derecha, ha producido un
estado de subjetividad social distinta que ha presionado a los dirigentes
políticos que triunfaron con el NO a hacerse eco de sus demandas, cuestión que
ha provocado un cambio en el escenario político, esta vez el voto no será para
mantener el actual estado de cosas como ocurrió en las siguientes elecciones
desde 1988, sino para cambiarlas. Se corrió la meta triunfalista a la que
estaban acostumbrados ciertos dirigentes políticos. Hoy la ciudadanía demanda
más porque perdió el miedo en las nuevas generaciones, lo que obliga a los
sectores políticos a mantenerse en convicciones y no en conveniencias
económicas, cuestión que solo se podrá ver en un próximo gobierno, ya que si no
se cumple con lo propuesto se tenderá hacia caminos aún más caudillistas que
los que estamos presenciando hoy en las distintas candidaturas.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
A 40 años del Golpe de Estado
Santiago de Chile, Palacio de Gobierno, septiembre de 1973.
Se ignora el nombre del fotógrafo. Ésta es la última
imagen de
Salvador Allende: El tiene un casco puesto, camina
con el arma en la
mano, mira al cielo, los aviones escupen bombas.
El presidente de Chile, votado en las elecciones
libres, había dicho:
-Yo no salgo vivo de aquí.
En la historia latinoamericana, es una frase de
rutina:
la han pronunciado muchos presidentes que a la hora
de la verdad
prefieren sobrevivir, para seguir pronunciándola.
Allende no sale vivo de ahí.
Eduardo
Galeano
La memoria y su contraparte el
olvido hoy son parte substancial de este día. Recordar lo sucedido para que
nunca más se vuelva a repetir. Sin embargo, los mismos agitadores y productores
de la violencia en los tiempos de la Unidad Popular hoy se olvidan de sus actos
y me pregunto ¿por qué? Hace unos días atrás una mujer por las redes sociales
me decía e increpaba que ella no vivió el terror socialista sino hambre y que
su dolor era igual al de las víctimas de la dictadura. Sinceramente creo, que
esa mujer no entiende sus propias afirmaciones, pues el principal argumento que
dieron los sectores acomodados de la burguesía nacional fue producto de una
propaganda definida y sistemática del supuesto terror que se viviría en un
régimen socialista. Imágenes de tanques soviéticos en las calles fueron las que
partidos como la Democracia Cristiana azuzaban en la prensa chilena. Sin
embargo, ella me decía que pasó hambre. Pero esa hambre fue la que provocó su
mismo sector para desestabilizar el gobierno, acaparando mercadería, subiendo
precios en el mercado negro, parando los transportistas para desabastecer las
regiones y peor aún todo con ayuda y financiamiento del gobierno de los Estados
Unidos, igual como ocurre hoy en Venezuela, Argentina, Ecuador o Bolivia, una
especie de táctica derivada del plan económico contra Cuba que mantiene ese
bloqueo cobarde e injustificado.
Vuelvo entonces atrás y retomo mi
pregunta, por qué. Qué justifica estas acciones y su posterior desarrollo. Y
solo veo una cosa: la ambición personal de un pequeño grupo que quiere ganar
más y más a costa de la explotación inmisericorde de todos los trabajadores, de
otra forma no me es posible concebir una explicación. Pues en la Unidad Popular
estos sectores ni censura sufrieron. Y llegó el Golpe de la mano de la Marina
que igual que en todos los conflictos anteriores en la historia de Chile
defendió a la oligarquía y sus intereses particulares, aún no comprendo lo que
entienden por compromiso con su patria.
La violencia llegó con armas de
guerra y declararon una guerra, pero que solo los tenía a ellos como
protagonistas, pues la lucha de clases siempre ha sido su estrategia de
opresión de las mayorías, cuestión que Marx había dicho hace más de un siglo.
Pero hoy todos siguen silentes, pues no hablan de sus contribuciones, de sus
delaciones, de sus participaciones, de su alegría, de su intención de seguir adelante
con la dictadura, de cómo instalaron este modelo deshumanizado que vivimos,
donde todo está convertido en un bien de consumo y todos somos tratados como
consumidores y no como ciudadanos, ni menos dicen dónde están. No obstante, para
mí, la dictadura no se reduce solamente a las violaciones a los derechos
humanos, sino también a la cobardía de cientos de civiles que aprovechando el
resguardo y a sabiendas de sus estrategias de control impusieron leyes, organizaron
instituciones y hasta se sintieron con la autoridad moral para crear una
constitución, la cual una vez más los vuelve a beneficiar.
Entonces, ¿por qué debo creer en sus
palabras si con todo lo sucedido fueron ellos los únicos beneficiados? ¿Dónde
está el arrepentimiento y el reconocimiento que todo lo hecho en esos 17 años
fue producto de una violencia sistemática aplicada a civiles desarmados, es
decir, fue producto de un terrorismo de Estado? Es sin duda ésta la expresión de ellos, los enriquecidos saqueadores del Estado chileno, quienes se quedaron con
sus empresas, quienes no tienen ningún arrepentimiento.
Chile a 40 años del Golpe de Estado
no sigue dividido por un rencor, por un odio de las víctimas, ni vive mirando
el pasado como un horizonte a seguir, sino que vive aún sufriendo los vestigios
de una tiranía que guardó las armas porque dejó su ley. Serán las nuevas
generaciones las que tienen que vencer las cadenas que las anteriores no han
podido y hoy es un buen momento para al menos demostrar que tenemos la fuerza
de nuestras ideas.
Si hoy queremos justicia para
nuestro país, la mejor forma es cambiando su Constitución, cambiando su
parlamento, cambiando la educación, cambiando la salud, cambiando el código
laboral, cambiando el sistema previsional, en definitiva, haciendo una
revolución democrática que cambie todo lo hecho por el aval de balas, torturas
y desapariciones.
Hoy a 40 años del Golpe, solo diré como el mismo Allende:
Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!
martes, 11 de junio de 2013
“Pensamiento, Sociedad y Desarrollo. Chile 40 años después”
Nota Introductoria
El presente texto fue una Conferencia realizada en las IX Jornadas Nacionales y VI
Latinoamericanas “El pensar y el hacer en Nuestra América a doscientos años de
las guerras de la independencia”, realizadas en octubre del 2010 en la Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca Argentina y publicada como artículo en la revista Pacarina del Sur (www.pacarinadelsur.com) y com capítulo en el libro El pensar y el hacer en Nuestra América a doscientos años de las guerras de la independencia Buenos Aires 2011 Imago Mundi.
Chile y la lucha de clases.
“La historia de todas las
sociedades que han existido hasta ahora es la historia de la lucha de
clases.”
K. Marx y F. Engels
Hace un par de años se cumplió al
centenario del natalicio de Salvador Allende. Hoy se cumplen 40 años desde que
asumiera la presidencia de la república de Chile, en un hecho inédito para la
historia, el socialismo conquistaba el poder por la vía eleccionaria.
Democracia liberal y socialismo ortodoxo se convertían en el centro de la
discusión teórica de la izquierda chilena y latinoamericana. La derecha por su
parte se organizaba. La vía chilena al socialismo no resistió más que mil días.
La Unidad Popular se convertía en un ejemplo para el mundo, en donde la
conciliación multipartidista y la unidad de credos era la fortaleza del nuevo
gobierno, pero no pudo por la vía pacífica oponerse a la barbarie de las armas.
Allende no salió vivo. El 11 de septiembre de 1973 la Moneda ardía en llamas,
los soldados que decían protegerla la atacaban ahora con furia; balas, bombas y
granadas destruían los muros del palacio de gobierno y con ello también se
destruía la sociedad que se reinventaba con las ideas de justicia social.
Allende dejaba a las nuevas generaciones la tarea que se posponía. Ese mismo
día comienzan las detenciones y las torturas, a la mañana siguiente los
fusilamientos. En dos días, la normalidad se restituía; la gente volvía al
trabajo; y la institucionalidad se vestía de colores militares y empresariales.
Las personas tenían miedo. Comienza el terrorismo de estado y la modernización
neocapitalista. Chile ahora caminaba hacia el neoliberalismo. Se inicia lo que
ellos mismos denominaron la revolución silenciosa. Las armas blindaban la
desarticulación de la sociedad anterior y permitían los cambios hacia el
capitalismo extremo. 17 años duró la dictadura militar. En 1989 por una mayoría
relativa triunfa el NO. Marzo de 1990; Patricio Aylwin se convierte en el
primer presidente electo en la vuelta a la democracia. Sin embargo, esta
democracia ya no era la misma, estaba limitada con un sistema binominal. Solo
dos conglomerados tienen posibilidad de repartirse el poder parlamentario. No
hay espacio para la diferencia. La izquierda ha retrocedido. La persecución
casi la hace desaparecer. Muchos se habían ido, pocos volvieron. La democracia
ahora estaba pactada con la derecha. 20 años de Concertación de partidos por la
democracia han gobernado, cuatro presidentes han habido; 2 Demócrata cristianos
(DC), uno del Partido por la democracia (PPD) y otro del Partido socialista (PS).
Este último fue la primera mujer presidenta, militante del mismo partido de
Allende; Michelle Bachelet. Las políticas económicas fueron las implantadas en
la dictadura, el neoliberalismo hacía crecer la economía y aumentaba la
desigualdad. La movilización social ahora estaba desarticulada. 20 años y
ningún cambio en lo político que avanzara hacia un país más democrático y más
justo. La concertación quedaba en deuda. Hoy Chile ha elegido un gobierno de
derecha. A la fecha actual[1]
van más de 5 marchas masivas. Dos de ellas han superado las 200 mil personas a
nivel nacional. Los jóvenes se han empoderado. La familia vuelve a la calle.
Chile tiene una esperanza, solo el tiempo nos dirá hacia donde vamos. La
construcción social no está determinada cuando es democrática, solo se sabe que
tendrá una gran resistencia de los grupos económicos y dominantes. Chile sigue
viviendo y la lucha de clases[2]
se vuelve hacer evidente.
Pensamiento,
Sociedad y Desarrollo
El golpe de Estado realizado por las
cuatro ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden marca un antes y después en la
historia chilena. La llegada de la derecha al poder destruyó casi en la
totalidad el proceso social anterior. La construcción de identidad y de la
propia subjetividad de la clase obrera se había iniciado en Chile a finales del
siglo XIX y comienzos del XX. El discurso político y social de los movimientos
obreros traspasó las fronteras de la lucha reivindicativa y sectorial e inició
la construcción de un proyecto político propio. Sus banderas de lucha tuvieron
eco en las Universidades en la década del ´20[3],
mientras que en la literatura se manifestó de lleno en las generaciones del ´27
´38[4]
y ´40. Entre tanto, las artes vivirían lo propio en los años ´40[5]
y la música popular chilena, que resurgía desde el campo, lo haría en los ´60[6].
Todas éstas fueron otras formas de expresión de un discurso social y político
en construcción, las que han ayudado a no olvidar lo sucedido y la creatividad
de lo realizado. Estas manifestaciones son la evidencia del desarrollo de la
subjetividad y de la autoafirmación de sí que como sujetos de clase lograron
desarrollar los trabajadores chilenos. Sin embargo, la dictadura militar
encabezada por Augusto Pinochet trató con mil formas borrar lo construido y
hasta cierto punto lo logró. Primero con la violencia física, luego con la quema
de libros y supresión de ideas, para finalmente cambiar el sistema político y educativo.
La derecha económica, con el oportunismo característico, hizo su asesoría a costa
de mejorar su beneficio político y financiero. Mano de obra barata, mal
educada, sin mucho pensamiento crítico y con poca movilidad social son sólo
algunas de las condiciones negativas que surgirían con el nuevo sistema. En él,
también, descubrieron una nueva veta para hacer negocios: la educación.
Hoy,
la educación ha crecido a niveles insospechados, donde el mercado regula gran
parte de ese crecimiento. El estudiante ya no es una persona en formación, sino
el comprador de un servicio. El sobreendeudamiento en la banca privada y la
competencia entre las instituciones han colmado la oferta de profesiones. El
estado, marginado de su responsabilidad con la educación y convertido en un
subsidiario, ha visto sucesiones de crisis económicas en sus propias universidades,
dando espacios para el crecimiento desmedido de la oferta privada y lucrativa.
El PIB invertido en educación superior en Chile es el 0.32[7],
el más bajo de los países de la OCDE. Esto traducido a la realidad, representa
alrededor de un 15% del costo total de una carrera en las universidades
públicas, el 85% restante es cubierto con capitales propios de las familias, con
créditos que pueden ser fiscales según condición socioeconómica o de la banca
privada según la renta del aval (Créditos Corfo).
A
esto, debemos sumar las limitantes de una democracia tutelada por una
institucionalidad presidencialista, cuya única participación política es por
medio de los partidos pertenecientes a los conglomerados de derecha y de centro-progresista.
La izquierda hasta antes del 2010 representada en el Partido comunista se
denominaba extraparlamentaria. Hoy, por un acuerdo contra la exclusión
producida por el sistema binominal, el PC tiene tres escaños en el parlamento, por
medio de cupos cedidos por los partidos de centro-izquierda de la Concertación.
De
este modo, el poder ciudadano se ha visto mermado y superado por una sociedad
de consumo, donde la organización social cada día es menor. Los sindicatos son
perseguidos, los centros de estudiantes y federaciones están prohibidos en la
mayoría de las universidades privadas, y los espacios colectivos están
reducidos a fiestas callejeras tipo carnaval, sin ningún desarrollo identitario
ni local propio. Sin embargo, los últimos acontecimientos evidencian que la perdida
de ideales y el compromiso social es producto de un sistema agotado que está
retrocediendo. Hoy los ciudadanos están exigiendo más y la institucionalidad
debe buscar soluciones. El descontento social producido por la inequidad del
desarrollo está evidenciando un conflicto ocultado. El desarrollo ha producido
la siguiente sentencia: en 30 años de capitalismo neoliberal en Chile, los
ricos son más y ricos y los pobres son más pobres.
Sobre el
pensamiento
Muchos
son los testimonios de intelectuales que hablan del periodo vivido en Chile
llamado “El apagón cultural”.[8]
Este fenómeno producido por la persecución al pensamiento crítico y a las
corrientes intelectuales y artísticas de izquierda, tuvo como máxima expresión
la expulsión de sus cátedras a varios cientos de profesores y académicos
universitarios. El cierre temporal de carreras y la fragmentación de las
universidades del estado culminó el llamado proceso de limpieza del pensamiento
marxista de las aulas. La Universidad Técnica del Estado y la Universidad de
Chile fueron divididas en universidades regionales. La exoneración y el exilio
fueron parte de los efectos, pero la constitución de 1980 permitió la
formulación de leyes sin discusión parlamentaria. Los nuevos decretos dictaminados al año
siguiente reinventaron el sistema educativo. Ahora se traspasaba a las familias
la responsabilidad de la educación y se convertía al estado en mero subsidiario.
Hoy,
el rol de los intelectuales es de simples espectadores. Pocos son los que han
desarrollado pensamiento crítico y menos aún los que lo combinan con una
práctica social. La mercantilización de la educación ha afectado directamente
la calidad investigativa y la generación de nuevos conocimientos y pensamiento
crítico. Lo poco rentable que son las áreas humanistas han hecho que retrocedan
de su lugar fundamental en las instituciones de educación superior. Ahora, los
economistas son quienes determinan los programas curriculares, le llaman:
competencias. Atrás han quedado las reflexiones y publicaciones de ensayistas e
intelectuales que alimentaban el debate, hoy todo es y debe ser conciliado. La
divergencia es considerada conflictiva y esta, a su vez, negativa para la
productividad, por lo que es aislada por un sistema que busca la
autorrealización.
Este
giro epistemológico del hacer educativo en Chile evidencia lo que el
capitalismo, los filósofos metafísicos y un gran número de académicos chilenos
han negado: la estrecha relación entre política y educación. Las humanidades
viven en el paradigma de la incertidumbre, pero no hablamos de esa que alimenta
la sospecha y la duda sobre el conocimiento existente, sino el de la
supervivencia, ya que el poco o casi nulo financiamiento de proyectos de
investigación social y humanista, incluso en las universidades públicas, están
afectando el debate académico e intelectual. La organización de congresos y
seminarios están en su mayoría coordinados por iniciativas estudiantiles, pero
no obedece a una política universitaria. La extensión es casi una simple
declaración consignada en los principios de la visión y misión institucional,
pero sin recursos para su ejecución. Unos dicen que falta financiamiento del
Estado, otros que la empresa privada debe financiar estas iniciativas, sin
embargo lo que resulta de esto es una carencia de espacios de intercambio
investigativo que surja como parte del quehacer académico.
La
apertura hacia las carreras científicas y tecnológicas por parte de la
investigación y la academia es importante para el desarrollo del país. Sin
embargo, no es el único polo de desarrollo educativo y profesional. Esto ha
originado la llamada tecnocracia en la política chilena, donde son los
Ingenieros Comerciales e Industriales los que están haciendo política como
administradores de una empresa, sin tener una visión global y valórica de lo
que significa la sociedad en su conjunto. El resultado ha sido buenas cifras en
lo macroeconómico y pésimo desarrollo social. El Chile actual es uno de los
países a nivel mundial con los peores índices de distribución de la riqueza. Un
alto ejecutivo de una multinacional llega a ganar hasta 100 veces más el sueldo
de un empleado de baja calificación en la misma empresa.
Hoy
las cátedras universitarias están plagadas de paradigmas económicos y
neoliberales, su justificación es que vivimos dentro de este sistema. Sin
embargo, el espacio que representa la universidad es mucho más diverso que la
reproducción de conocimientos sistémicos, es en su sentido primero el lugar
desde donde surgen los nuevos paradigmas. No es la reproducción de pensamiento
sino la creación su estímulo constante.
El
pensamiento crítico ha retrocedido dentro de las academias de manera
substancial, y al alero de la formación de los nuevos profesionales se
encuentra lejos de volver a ocupar su sitial. Nuestra visión de la educación no
surge desde la reflexión crítica y participativa de la comunidad educativa,
sino de la imitación y copia de los modelos europeos y norteamericanos, los que
hasta la fecha no han dado buenos resultados. No obstante, el gobierno y la
clase política culpa a los profesores, a quienes se les obliga a impartir un
currículo que, en el sector público y semi-público de la educación secundaria,
ni siquiera pueden modificar, y en el que tampoco tuvieron una opinión cuando
fueron formulados. Así, la problemática de la educación chilena y el desarrollo
del pensamiento es transversal, cuyo origen es producto de una construcción
global del sistema que afecta desde la educación básica a la superior.
El
capital humano avanzado tampoco se encuentra marginado de esta realidad. La
formulación de múltiples programas de postgrados están más orientados a la
especialización profesional que hacia la estimulación investigativa, lo que en
la práctica resulta ser un negocio muy rentable para las universidades y un
gran gasto para el profesional. El problema sobre el desarrollo del pensamiento
crítico, creativo, reflexivo y divergente radica en la reproducción de la
desigualdad que vive el país en lo económico, ámbito que en el neoliberalismo
dicta las pautas del desarrollo educativo y que no considera la diferencia ni
la crítica. Este sistema es intolerable a los cuestionamientos.
Sobre la
sociedad y el desarrollo
Hace
una década atrás el sociólogo chileno Tomás Moulian publicó su libro Chile
actual. Anatomía de un mito en el que, de manera clara y lúcida, develaba
la realidad social chilena. En él, se evidencian los mecanismos por los cuales
el consumo se instala, con ayuda de la opresión social y política, como modelo
de desarrollo. Y cuestiona el hecho de que el consumo se haya convertido en una
práctica social que ha modificado los valores sociales hacia el hedonismo.
Cuantiosos
son los análisis sobre este fenómeno social que se inician con la crítica de
Moulian, sin embargo dichos estudios son más utilizados por la publicidad y los
medios de control que para la formulación de teoría y pensamiento crítico. El
argumento es: la necesidad de trabajo por parte de los sociólogos y las
imposibilidades que tiene el sistema para este objetivo. Los 20 años de
gobierno de la Concertación son la expresión institucional de este discurso.
La
sociedad chilena, dentro del contexto latinoamericano y caribeño, es la que
tiene una mayor conectividad, el crecimiento macroeconómico ha permitido el
desarrollo de los medios de comunicación y transportes. Cada año la actividad
productiva industrial es reemplazada por la venta de servicios y el retail en
las regiones. El campesinado se ha trasladado a la ciudad, siendo los
inmigrantes quienes ocupan sus puestos en los campos en condiciones laborales
de aprovechamiento y explotación. Los bajos sueldos por los que se contrata a
los inmigrantes de los países vecinos han provocado, en tiempos de crisis, cifras
elevadas de cesantía y el ofrecimiento de sueldos miserables.
En
Chile el sueldo mínimo es de 172.000 pesos, algo así como unos 340 dólares. Sin
embargo, producto de los descuentos legales de salud, previsión y seguro de
cesantía estos se reducen en casi un 25%, quedando en 129 mil pesos chilenos.
Pero el tema no se detiene ahí, el sistema tributario chileno es de carácter
regresivo, por lo que todos debemos pagar en cada compra el 19% de i.v.a., que
en la práctica significa un mayor pago para las familias más pobres y menos
para las más ricas. Sin siquiera considerar que casi la mayoría de los
empresarios compran con el rut tributario de su negocio, lo que hace que sus
impuestos sean deducidos y por tanto pagan menos. Esto hace de que desde la
práctica tributaria, es decir, que desde la propia institucionalidad estatal
está afianzada la desigualdad. Los orígenes de esto fue la dictadura; los
gestores, la derecha; y los profundizadores; la concertación.
La
sociedad chilena actual sufre los vicios de un sistema que muestra el sueño
burgués, el confort posible de conseguir con el endeudamiento produce la
aceptación de los malos contratos laborales para pagar las deudas contraídas, a
esto sumamos que la nula participación en la toma de decisiones sobre la
economía y la política han permitido que en Chile se formen una parte
importante de las fortunas más grandes de América Latina, sin ser uno de los
países más numerosos. El confort ha sido asociado a una desvinculación de parte
de las personas hacia las problemáticas sociales, provocando que los
trabajadores solo se preocupen del cumplimiento de sus “contratos”.
La
centralización del país y todo lo que ello trae consigo, son problemáticas que
están convirtiendo la capital en un núcleo social que genera altas expectativas
de vida, sin lograrlas. La marginalidad y la delincuencia son solo algunas de
las consecuencias de una falta de política que incentive la descentralización.
Las ciudades están siendo fragmentadas con la creación de pequeños espacios
comerciales copados por empresas multinacionales, los que en Chile y gran parte
de América los conocemos como Mall. Estas catedrales del consumo, como las
llama Moulian, están conformadas por tiendas que segregan a sus compradores por
el poder adquisitivo que ellos tienen, generando una discriminación social
hasta en estos centros que han venido a reemplazar el rol de espacio de reunión
que tenía la plaza pública.
Los
medios de comunicación concentrados en las manos minoritarias de las grandes
fortunas y la iglesia, muestran una imagen cordial, amena y tranquila de
nuestra sociedad, salvo por la delincuencia. Las diferencias políticas son
suavizadas o simplemente omitidas. Los escándalos de corrupción no son
investigados, y de ser conocidos no están en las páginas policiales, sino en
las económicas, como si no fueran un delito.
En
síntesis, podemos señalar, que la sociedad chilena ha sido diseñada de modo tal
que todas las actividades económicas y productivas afianzan el ideal de libertad.
Sin embargo, en la práctica estamos todos sujetos a nuestro poder adquisitivo y
de endeudamiento. Así, el neoliberalismo posee una libertad tutelada por el
dinero. Es anti-ético. Los ricos son los únicos que tienen la posibilidad de
acrecentar su fortuna, mientras el pobres solo puede mantener su sobrevivencia.
El desarrollo chileno es la riqueza de una minoría, la misma que hace 37 años
se opuso de forma violenta a una reforma social que redistribuyera los
ingresos. Lo paradójico es que esos mismo, demagógicamente, han conquistado el
gobierno diciendo que esa es su tarea, disminuir la desigualdad. A la fecha
solo vemos que ésta aumenta. Pero los jóvenes se cansaron de sufrir la
imposibilidad de acceder a los beneficios que la sociedad con su desarrollo
dice tener, generando este año 2011 grandes movilizaciones con demandas que
traspasan la pura reivindicación por la educación.
A modo de
conclusión
“No
es igual la libertad del patrono para contratar trabajo, teniendo en sus manos
los medios de producción, que la libertad del trabajador para ceder su única
mercancía, el trabajo, careciendo del instrumental para trabajar. Igual
sucederá con los pueblos que pretenden enarbolar la bandera de
autodeterminación. De aquí que naciones poderosas puedan, en nombre del ideal
libertario, imponer sus intereses sobre pueblos que carecen de elementos para
hacer respetar el derecho de autodeterminación, pues son estas potencias las
que deciden el uso de determinadas libertades en pueblos que carecen de tal
potencia. Vietnam, Chile y otras naciones han tenido que enfrentarse a la
desigualdad que guardan frente a las grandes potencias y la cual imposibilita
la anhelada libertad.”[9]
L.
Zea
Chile
en el transcurso de estos 40 años pasó de un proceso social, a una
institucionalidad impuesta por medio de las armas. La participación fue
relegada al voto. El comercio ha crecido más que la justicia social. La
segregación va desde lo político hasta lo educacional. El gran regulador no es
el Estado sino la economía. La ley de oferta y demanda es su constitución. El
retroceso de las humanidades ha significado un aumento de la tecnificación
profesional con una formación centrada en la práctica y la poca reflexión. La
integración social, el trato respetuoso y tolerante hacia la diferencia son
condiciones personales y no aportadas por una formación profesional integral.
El pensamiento crítico ha sido relegado al ámbito lógico y retórico más que
para el uso del análisis y la resolución de problemas.
La
educación hoy es un negocio, y es tan lucrativo que la mayoría de los políticos
tienen inversiones en esta área. El 2006 una gran movilización de los
estudiantes secundarios pedía la derogación de una de las leyes heredadas de la
dictadura y que sentaba las bases del sistema. La concertación pactó con la
derecha una nueva ley. Se pasó de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza
(L.O.C.E) a la Ley General de Educación (L.G.E), nada cambió. Se pretendía
mejorar la calidad incorporando más competencia en lo profesional. En la
actualidad cualquier profesional puede hacer clases en un colegio. La carrera
docente ha sido ofendida por la clase política, tal como los mineros a
principios del siglo XX eran denigrados por los ingleses dueños de las
salitreras. Ellos ven a los profesores como su clase trabajadora y como en toda
empresa la generación de mano de obra y la subvaloración de la misma hacen que
su costo se reduzca. El efecto; más lucro para el dueño del colegio y el
accionista de la universidad, menor ingreso para el trabajador.
En la sociedad chilena se cree que
un profesor estudió esa carrera porque no le alcanzó el puntaje para otra. Los
sueldos son en promedio la mitad de lo que ganan otros profesionales de igual
preparación. Los dividendos económicos son tan grandes que los sostenedores
agrandan cada cinco años los establecimientos. El resultado: la economía ve en
la educación un área más de la productividad y no del desarrollo social. Más
producción no significa mayor desarrollo.
La materialidad no es una
consecuencia de una distribución equitativa, sino de la apertura comercial
producida por los Tratados de Libre Comercio (T.L.C.). Esto ha originado una
amplia oferta de productos, cuya economía se fortalece por la venta de
servicios. Es intangible. Dependemos de la situación del cobre y él del
crecimiento de China e India, de la importación de productos agrícolas y el
comercio. La industria nacional casi no existe. En Chile se puede encontrar de
todo, pero casi todo es chino, el resto de los productos es de los demás países
de Asia.
Con entusiasmo hemos manifestado
demandas que van en el sentido contrario, pero desde los gobiernos nada ha sido
recogido. La realidad actual está sufriendo el agotamiento de una sociedad
silenciada por la voz autoritaria de una institucionalidad política que se
parapeta en la legalidad. Todo está controlado por una Constitución que
pareciera ser intocable. El sistema binominal, la educación como bien de consumo,
la imposibilidad de los organismos públicos para hacer industrias con sentido
público. Estos son algunas de los controles que se heredaron de la dictadura.
Los partidos se han acomodado a su ejecución, en ellos pareciera que la
discusión está agotada a la utilidad de la administración y no hacia la
participación y representación social.
Estos son tiempos de conflicto, la
derecha no tiene capacidad de diálogo y entendimiento con la ciudadanía. No
entiende que para gobernar debe hacerlo con la gente y no imponiendo su postura
sobre ella. Su elección, surgida del descontento con la concertación,
evidenciaba la señal de que las personas no se sienten representadas por la
institucionalidad política. Los actores sociales ya no se agrupan en los
partidos tradicionales, sino en la red social: el internet. Vivimos tiempos de
lucha, hemos de esperar que la justicia de las demandas se imponga a los
maltratos de la represión y la intransigencia de un sistema agotado. En 1989
cayó el socialismo como lo habían desarrollado los soviéticos. Hoy estamos
viendo como comienza a derrumbarse el neoliberalismo.
[1] Estos antecedentes los he querido sumar a los dichos en el Congreso en
Bahía Blanca, porque estas movilizaciones masivas son un acontecimiento
histórico para los últimos 20 años, donde las movilizaciones masivas de
estudiantes y trabajadores están poniendo en jaque las decisiones del gobierno
de Sebastián Piñera (Renovación Nacional), provocando incluso cambios de
gabinete, además de tener que discutir las problemáticas planteadas con el
propio movimiento social.
[2] Sobre este concepto es importante señalar lo siguiente: en una carta
de Marx a Weydemeyer fechada el 5 de marzo de 1852, explica que el concepto de lucha
de clases no le pertenece, sino que lo tomó de los historiadores burgueses.
Marx lo dice así: “en lo que a mí respecta, no ostento el título de descubridor
de la existencia de las clases en la sociedad moderna, y tampoco siquiera de la
lucha entre ellas. Mucho antes que yo, los historiadores burgueses habían
descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y los economistas
burgueses habían descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases. Lo
que yo hice de nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está
vinculada únicamente a fases particulares, históricas del desarrollo de la
producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la
dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura sólo constituye la
transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin
clases. Marx, C. y Federico Engels Correspondencia 1947 Ed. Problemas Buenos Aires p.73
[3] En el año 1920
la FECH (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile) es ganada por
sectores anarquistas y socialistas. Produciendo el primer acercamiento entre el
mundo estudiantil y sindical. Para mayor profundización ver: Revista Claridad
1920-1926 Órgano oficial de la FECH en http://www.claridad.uchile.cl/
y a Góngora, Mario Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en
los siglos XIX y XX Santiago 1986 Ed. Universitaria.
[4] Las
generaciones del ´27, ´38 y ´40, corresponden al método histórico de la
literatura desarrollado por Cedomil Goic. Éstas representan las más
comprometidas con los movimientos sociales. Su narrativa de carácter realista e
influencia rusa será matizada por la realidad social chilena, dando pie al
surgimiento de una narrativa social proletaria en pleno auge de las vanguardias
estéticas. Su literatura de fuerte sentido pedagógico será publicada
principalmente en la prensa obrera y sus autores más relevantes engrosaran las
filas del movimiento social anarquista y comunista.
[5] Un importante
lugar ocupará el grabado, el que tuvo un desarrollo significativo en estos
años. Sus principales exponentes serán Matta, Carlos Hermosilla y Sergio Rojas.
[6] La figura
primordial para este resurgir del folclor chileno será Violeta Parra, quien
dará un impulso a la música popular chilena en la llamada Peña de los Parra.
Autores como Victor Jara y Patricio Manns formarán la parte fundamental de la
Nueva canción chilena. Para un conocimiento más acabado ver: Revista Araucaria
de Chile N°2 en http://www.memoriachilena.cl//temas/index.asp?id_ut=revistaaraucariadechile(1978-1989)
y a Manns, Patricio Violeta Parra Barcelona 1978 Ediciones Júcar.
[7] Fuente OCDE
disponible en http://feuv.cl/wp-content/uploads/downloads/2011/06/Education-at-a-Glance-Resumen-RVinet.pdf
[8] Para una mayor
profundidad ver Revista La Araucana de Chile N°1 en http://www.memoriachilena.cl//temas/index.asp?id_ut=revistaaraucariadechile(1978-1989)
Este órgano reunía a gran parte de los intelectuales chilenos y
latinoamericanos exiliados. En ella es posible observar las corrientes de
pensamiento crítico y artístico que sufrieron la persecución de las dictaduras,
aunque enfocada principalmente en la situación chilena.
[9] Zea, Leopoldo Filosofía de la
historia de América Méjico, Editorial Fondo de Cultura Económica 1987, p.40
jueves, 30 de mayo de 2013
Bolaño, un hombre rebelde.
Abert Camus en su texto
El hombre rebelde (1951) comienza el
primer capítulo preguntándose y respondiendo: “¿Qué es un hombre rebelde? Un
hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que
dice que sí desde su primer movimiento.” (2003:17). Roberto Bolaño (1993-2003),
el escritor chileno radicado en España y que escribía situado en México (entre
otros temas), es hoy por hoy, a diez años de su muerte, el referente principal
de las letras hispanoamericanas actuales. El poeta maldito, por no decir marginal, que no había surgido en los
centros letrados y académicos, sino desde
un barrio común, sorteando la aventura de la vida con empleos precarios
y laureles fugases en pueblos desconocidos para los intelectuales
universalistas y a los que ningún escritor “importante” o “reconocido” se
presentaría ni como jurado, había elegido la literatura como su campo de batalla,
como el espacio político para su rebeldía. Hombre agrio en sus comentarios pero
fino e inteligente en su escritura, se ha vuelto un mito literario al cual
todos adoramos, no sé si por efecto de sus discurso persuasivo o por la propia
búsqueda de validación, pero hablar de Bolaño hoy es signo de intelectual
contemporáneo. Pero lo cierto, es que mi acercamiento a Bolaño fue por medio de
un amigo, estudiante de literatura en Valparaíso, con quien compartí un lugar
de trabajo como vendedor en una reconocida cadena de librerías (esas donde se
venden libros).
Recuerdo claramente que
en uno de los tantos ingresos atrasados, por la amanecida con amigos la noche
anterior, fuimos relegados a ordenar los libros desordenados en las estanterías
del segundo piso del local. Ahí, entre diccionarios y libros de arte, surgió la
presentación de un desconocido escritor chileno que el seudo-underground intelectual
porteño andaba comentando y leyendo como una creciente moda, y que yo como buen
vendedor y estudiante de filosofía debía conocer. Roberto Bolaño era su nombre
y Los detectives salvajes (1998) fue
la novela. La verdad es que me aburrió de la página 200 a la 300. No encontré
mucho allí que me cautivara, sin embargo me resistí y lo completé. No obstante,
mi compañero bolañista me insistía en que debía seguir leyendo sus textos, por
lo que me pasó de las estanterías La
pista de Hielo (1993), Amuleto
(1999) y La literatura nazi en América
(1996) “para que te armes un panorama”; me dijo. Le hice caso y me fui
adentrando en su obra.
Al poco tiempo, terminé
mis estudios de filosofía e ingresé a un post-grado en literatura, ocasión que
no podía rechazar para escribir sobre él. Bolaño
y la anarquía estructural de la novela (2009) y pronto a publicarse en una
revista académica en EE.UU. La tesis fue Bolaño anarquista. Algo raro y
novedoso para quienes acostumbran a leer sobre él en textos que hablan de su
genialidad literaria, su periodo
infrarrealista o de su personalidad como amigo, amante o lector. Todas
cuestiones interesantes pero poco profundas. Aburrido de las actuales teorías
literarias post-modernas y de abordar los estudios americanos como epifenómenos de la cultura euroccidental
hice otro cruce, su mirada como autor. ¿Por qué Bolaño es importante para la
narrativa? ¿Dónde reside su punto de inflexión con los demás escritores? Y ahí volví a releer alguno de sus textos y
entrevistas, donde en todas encontré que él libraba su propia batalla contra lo
establecido, contra la autoridad, con el ejercicio dominante de lo canónico, no
para ser un canon sino para valorar lo otro, eso que está en los espacios que
el rondó por mucho tiempo, los espacios marginales. Pero no pudo mantener la
pureza de sus ideas y sucumbió a las exigencias editoriales de quienes se
enriquecen con la genialidad de otros, incluidos familiares y amigos, que han
construido la marca Bolaño, no por sus ideas literarias sino por su mitificación
personal. Sin embargo, Bolaño era anarquista y sabía de su derrota. El dice:
“La verdad es que para mí, y quiero ser muy sincero,
la idea de la revolución ya estaba devaluada cuando yo tenía 20 años. A esa
edad yo era trotskista y lo que veía en la Unión Soviética era una
contrarrevolución. Nunca tuve la sensación de estar apoyado por la dirección de
la historia. Al contrario me sentía aplastado. Creo que eso se nota en los
personajes de Los Detectives salvajes” (Braithwaite,
2006:51).
Su política anti-autoritaria fue expresada en muchos pasajes de sus
escritos, extremados en la concepción de la forma, Bolaño descría de las
estructuras pre-establecidas llegando a decir que:
“Los
temas siempre son los mismos, desde la Biblia y desde Homero. Según Borges, no
son más de cinco. En las estructuras, por el contrario, las variantes son
infinitas. Podemos construir obras de mil maneras diferentes y aun así
estaríamos sólo en el principio. Por descontado, no creo que la literatura esté
agotada. Eso no va a suceder jamás, al menos mientras los seres humanos puedan
hablar. La literatura se alimenta de la oralidad, del habla de la tribu, de la
jerga de la tribu. Las voces entrecruzadas y superpuestas que se pueden oír en
un autobús, por ejemplo, probablemente contengan más energía que la mayor parte
de los poemas que hoy se escriben en Santiago.” (Braithwaite, 2006:51).
Cuestión que la teoría
literaria no puede abordar por su marcado positivismo y estructuralismo aún
presentes, posiciones desde las cuales buscan establecer los patrones a seguir
para universalizar principios y construir autoridad y canon. De ahí que la
figura que tenga a la vista sea la señalada por Camus, porque sin querer la
rebelión de Bolaño lo llevó a los sitiales del rey que él mismo criticó.
lunes, 27 de mayo de 2013
El Colegio; una institución desbordada.
Muchos son los
análisis que versan sobre la Educación en Chile, partiendo de los resultados de
pruebas estandarizadas hasta de los factores económicos que impiden su
desarrollo y mejoramiento de la calidad. Todas contribuciones que no pasan de
una opinión “técnica” por no decir “científica”, pero que más allá de
maquillajes superficiales no pueden proponer un cambio substancial del sistema,
pues todo gira con una tesis central como fundamento; el colegio como
institución se mantiene. Algo que sencillamente es increíble si entre las
muchas propuestas encontramos que puede cambiar la institucionalidad estatal,
pública, privada, interna del Ministerio de educación, pero en nada la del
Colegio, Liceo o Escuela.
Este asunto nos hace pensar que el
modelo de disciplinamiento y del espacio ideal para la promoción y reproducción
del pensamiento ideológico dominante o hegemónico, como lo llamó Gramsci,
cumple bien su función y no está puesto en cuestionamiento, por tanto se buscan
estrategias para que dicha función mejore en calidad, porque no se está
pensando en el desarrollo integral del ser humano, en este caso de los miles de
niños y niñas y adolescentes, sino que en las exigencias de un modelo político,
económico y social como lo es el Neoliberalismo, en cuya base tiene como
objetivo fundamental el “saber hacer dinero”. Esta condición ineludible a
cualquier sujeto es la que obliga a poner en funcionamiento una serie de
mecanismos desde el aparato institucional que viene a ser el colegio. En este
sentido hemos visto cambios curriculares como la disminución de horas a
filosofía, artes, historia, idiomas distintos del inglés, educación cívica,
entre otros aspectos que incluyen: cambios en la prueba de selección para el
ingreso a la universidad, mediciones periódicas en asignaturas como inglés y
educación física (Simce) y un aumento de exigencias que sobrecargan la labor
docente bajo el prisma de la competencia, el cual pone un énfasis primordial en
la obtención de resultados favorables y no en el desarrollo integral del
educando. Es decir, la calidad de la educación se mide por los resultados de
una prueba y no por la calidad de vida y desarrollo que puede alcanzar un niño
o niña en el conjunto de la sociedad. Con esto cambia la lógica de entender la
educación como un proceso de formación a una lógica efectista y exitista en que
unos logran sobresalir de otros porque tienen cualidades diferentes,
especiales, es decir, se rompe el criterio de igualdad por uno de “virtud”. Esto
último ha impulsado un conservadurismo segregador en que han establecido colegios de
“excelencia” para “virtuosos” y otros para los “no-virtuosos”. No obstante,
nuestro cuestionamiento aumenta cuando vemos la etimología de la palabra virtud,
que en griego es areté de misma raíz
que aristós, origen de la palabra
“aristo-cracia”.
Pero la dificultad de cómo abordar
el problema de la educación no pasa por la sola crítica de las direcciones que
asoman en las soluciones a esta “preocupación por la calidad” sino también por
una observación más precisa al colegio como institución. En este espacio la
gran crítica interna, es decir; de los propios docentes, es la pérdida de
autoridad de los profesores, la nula participación de los apoderados en las
necesidades de sus hijos, magros resultados en las pruebas por cada ramo, la
pobre obtención de los objetivos formulados en cada asignatura, mala
infraestructura, bajos sueldos y un largo etcétera. Pero si estos elementos los
vemos como consecuencia y no como causa, nos vemos obligados a buscar fuera del
espacio institucional del colegio para encontrar los orígenes de sus
dificultades.
Ahí, en el desarrollo
socio-cultural, político y económico es donde vemos que los problemas sobrepasan
las posibilidades reales del colegio como institución, porque la exigencia de
resultados va en dirección opuesta a las necesidades particulares de cada
sujeto para su formación, por lo que la lógica de una imposición normativa de
aprendizajes estandarizados parte con un desequilibrio imposible de subvertir
en el aula de clases, puesto que no se está comprendiendo al educando como un
ser humano en todas sus dimensiones sino como un ente racional y reproductor de
conocimientos, en una enseñanza mecánica de aprendizajes formales que
representan en muchísimos casos una cuestión de segundo y tercer orden, ya que
hay necesidades afectivas, alimenticias e incluso materiales más significativas
para el niño o niña que el aprendizaje mecánico de una fórmula matemática.
De este modo, vemos que el colegio
creado para el desarrollo de una educación formal de enseñanza-aprendizaje está
desbordado como institución, puesto que los factores socio-culturales,
políticos y económicos crean dificultades humanas mayores que las
pre-visualizadas en una sociedad que tenía como base orgánica y estructural la
familia en su sentido clásico; papá, mamá y/o hermanos. Hoy, las exigencias
para la supervivencia en la sociedad está sufriendo la mercantilización de todas
las relaciones humanas, lo cual ha llevado a que de un concepto de familia pasáramos
al de grupo familiar y de ahí a lo que Inmanuel Wallerstein llama unidad doméstica económica, no porque en
una sociedad capitalista Neoliberal como la nuestra todos busquen la
acumulación del capital, sino porque se ven en la necesidad imperiosa de
aumentar sus ingresos para subsistir y consumir, lo cual motiva la vida en
grupos que no necesariamente poseen lazos sanguíneos. De ahí que el problema
educativo no puede ser visto únicamente como una cuestión cognitiva o de
dificultad de aprendizajes desde ópticas psicológicas individuales sino que
deben ser integrados los factores externos y propios de la sociedad a la hora
de una evaluación, donde queda de manifiesto que el problema de la calidad de
la educación es más profundo que una discusión sobre factores económicos, de
gestión o de resultados en pruebas estandarizadas. Por lo cual, es necesario
evaluar la institucionalidad de los colegios como instancias de
enseñanza-aprendizaje formal solamente, incorporando elementos de desarrollo
cultural y realización personal, pero no ensimismados como comunidad sino que
en diálogo con otras comunidades, para que no solo se genere una subversión de
las dificultades sino también para la construcción de una sociedad distinta,
donde primen valores como la solidaridad y la igualdad.
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