miércoles, 12 de marzo de 2014

Gaete y la narrativa lumpen. La resurrección de la poética anarquista

Gaete y la narrativa lumpen. La resurrección de la poética anarquista
(Este texto forma parte del libro "Narradores y Anarquistas. Estética y política en la narrativa chilena del siglo XX. Concepción: Escaparate 2015).

Desde que empieza a dar sus primeros
pasos en la vida, el niño proletario
sufre las consecuencias de pertenecer
a la clase explotada.
O. Lamborghini


            Cristóbal Gaete (1983), periodista y joven escritor de Valparaíso, tiene ya varias publicaciones y un par de libros en los que se manifiesta su actitud literaria. Con un compromiso asumido en su narrativa, se convierte en el escritor de la marginalidad de inicios del siglo XXI, cuya obra más importante hasta este momento es Valpore[1], junto a una serie de trabajos de rescate de la obra del poeta porteño Carlos Pezoa Veliz. 
            Esta novela lumpen, como él mismo la ha denominado, se inscribe dentro de las múltiples corrientes literarias marginales. García Canclini ya había puesto atención en el rol de las instituciones artísticas que promueven y desarrollan la literatura y el arte, y la función político-ideológica que ellas tenían,[2] como aparatos ideológicos suplementarios de la labor coercitiva del Estado. Pero el avance y el acceso a los medios tecnológicos y de reproducción han permitido que frente al dominio cultural de las grandes corporaciones e industrias que manejan el “mercado”, la que incluso ha sido apoyada por la crítica –como lo denunciaba Mauricio Wacquez-, emerjan múltiples iniciativas que tratan de hacer resistencia a ese dominio hegemónico dentro de la cultura. Sin embargo, y a pesar de la creatividad, las dificultades convierten a muchas de estas intenciones en batallas pasajeras que se diluyen al poco andar. Dentro de ellas, muchos son los jóvenes autores que hacen con sus obras una acción directa de rebelión y anti-sistema en las que el arte, compañero fiel de todas las subversiones, vehiculiza otras formas de pensamiento y representación del mundo. La crítica se hace arte y la obra es la acción.
            La narrativa lumpen de Gaete hace justicia a los sectores ocultados por la nueva distribución del espacio citadino, que ya en 1847 con la modificación de París procuraba el ocultamiento de la pobreza, otorgando a lo marginal su sentido espacial del afuera, cuyo caso para el puerto de Valparaíso son las alturas de los cerros, como bien lo describe Patricio Aeschlimann en su libro Valparaíso de la cintura hacia arriba[3] del año 2011.
La planificación de la zona comercial y bancaria de la ciudad-puerto han dado el sentido a que dicho espacio se conozca popularmente como el plan, donde las casas próximas a las zonas económicas son las antiguas casonas inglesas del siglo XIX, cuyos moradores fueron los principales explotadores del salitre, para que en las zonas más altas de los cerros se vean casas amontonadas en las quebradas, cuyos caminos de difícil acceso, hacen correr grandes riesgos a sus habitantes cada invierno por la lluvia y cada verano por el fuego, y oculten con reflejos coloridos las latas revestidas como muros protectores de las inclemencias climáticas.

“La calle nos llamaba. Podíamos seguir consumiendo con unas bolsas de pegamento escondidas en la punta de las mangas. Nos llevábamos las manos a la boca cada tanto, respondiendo lentamente a los estímulos de la ciudad, a la micro que nos llevaría al plan o al infierno en su descenso de montaña rusa por los estrechos caminos del cerro.”[4]

            La descripción de la vida propia de las zonas prohibidas, es ocultada por la autoridad citadina a los turistas, en donde la delincuencia[5], la drogadicción y el crimen son hechos cotidianos para sus habitantes. Mientras la inversión privada ocupa los otros espacios, los patrimoniales, para atraer al turista-consumidor de imágenes coloridas sin olor, sin sonido, sin tacto. El descenso de los cerros es una función subversiva contra el orden social neoliberal: el clasismo.
La obra de Gaete es expresión de una realidad humana que existe pero que se oculta para no ser apresada por la autoridad defensora de la normatividad conductual y que no acepta, tampoco, la búsqueda de la satisfacción de los placeres sórdidos del instinto humano, y que al igual que en la obra de Wacquez se rebela como transgresor contra el dominio racional de esa norma social devenida de un ideal científico y religioso. Gaete actualiza en la literatura la posición ideológica de un anarquismo individual que busca diferentes formas de hacer frente al dominio hegemónico por parte de una minoría. Así, el escritor quillotano que adopta el puerto por residencia, nos narra la historia de tres jóvenes que hacen de su vida marginal una expresión existencial de rebeldía total hacia la vida y sus normas morales y sociales impositivas, un desarraigo cultural que los conduce al límite, dejándoles como alternativas la muerte o a la aceptación social.
            Estos personajes son la evidencia de la injusticia del sistema social, político y económico, en que el delincuente y el micro-traficante son la parte más débil de la lucha por la sobrevivencia. “En el medio lumpen se lleva a cabo la más primitiva y brutal lucha por la existencia. Deben vivir y para vivir hacen lo que sea necesario.”[6] Hay que comer, diría el protagonista en más de una ocasión.
            Prostitución, violación, crimen, drogadicción, tráfico, bailes, fiestas, alcohol son todos elementos que hacen de esta obra su expresión, pero la pregunta una vez leída toda la sordidez que está implícita en las acciones de los personajes, es por qué es posible todo esto y qué hace que ocurra. No son hechos aislados, sino partes de una realidad que está ahí afuera, en este mismo instante aconteciendo en algún rincón de los cerros de Valparaíso u otra ciudad. Es una interpelación al lector sobre el ser humano y su desarrollo. ¿En qué nos hemos convertido? 
            En esta última interrogante, es en donde surge la resurrección de la poética anarquista y su sentido social, con nuevas formas de un contenido más explícito, más evidente, más terrible, pero cuya función es producir un remezón en la conciencia.
El lumpen, no es provocado por la búsqueda de un ideal, sino que está enclavado en la sociedad como una consecuencia de su desarrollo, es el daño colateral de ésta. “[E]l lumpen no es producto de sí mismo, no ha elegido ser lumpen: el lumpen es un producto de la sociedad, de la organización de la sociedad.”[7]
Lo caótico para el anarquismo individual no está asociado a un sentido negativo, sino a la libertad plena. Así, en este relato caótico y marginal se busca sacar del sueño neoliberal la posibilidad de ir a comprar con tarjetas de créditos al mall, de comer salmón con camarones en finos restoranes o subir hasta las casitas que representan el esplendor de un siglo en el que para ser construidas se había necesitado que obreros jamás recibieran un sueldo; nunca fueran atendidos por un médico; no tuvieran un techo digno donde cobijarse del frío pampino; y fueran acribillados cuando reclamaron por los derechos más básicos de todo ser humano. Hoy son parte de un patrimonio que más que embellecer, nubla con sus colores una realidad triste, cruel y espantosa, en que la injusticia cargó hacia los menos la balanza de una riqueza producida por los otros. Tal vez, lo más rescatable de la ciudad de Valparaíso es la estatua de la plaza de la justicia, donde esa balanza está guardada en la mano, desarmada como símbolo de una justicia que no trabaja.

“Los mostros están solos en las calles de lo que fue Valparaíso, imposible esconderse entre la gente como lo harían en una sociedad normal, formando redes invisibles. Obligados a mirarse la cara a cada momento, no se soportan; se golpean sin mayor razón, lo que genera un espectáculo muy espontáneo, very tipical, para los turistas gringos y europeos que han aumentado considerablemente con la administración  del Pulpo. Es la bonanza del turismo la que justifica que nadie se moleste por Valpore, que más que una ciudad patrimonial, es un estado neofascista.”[8]

Gaete, un anarquista literario por convicción y trabajo, inicia su vida escritural con obras cuyo centro es el rescate histórico de la marginalidad social que roza con el estudio antropológico en algunos casos. Su texto sobre el Mercado Cardonal o la iniciativa del proyecto escritural de los ambulantes, llamado Monedas Callejeras, consiste en rescatar la prosa popular en el relato de la experiencia cotidiana, algo que está completamente fundamentado por el ethos anarquista desde siempre. Acá son las voces actuantes de sus propios protagonistas los que arman con su subjetividad el relato.
            De este modo, desde la revisión de autores del margen, podemos afirmar que la literatura no se acabará aunque cambien los formatos, aunque acorten las expresiones limitando la cantidad de caracteres y aunque la fugacidad del tiempo deje poco espacio libre, porque el ser humano tiene la necesidad imperiosa de comunicarse y expresar aquello que lo hace reflexionar y ser día a día. El ser humano mientras tenga inquietud de sí tenderá hacia la utopía, no se puede decir el fin de las esencias, como si el de los sistemas, porque mientras haya hegemonía y los sujetos tengan conciencia habrá siempre contra-hegemonías y revolución.










[1] Gaete, Cristóbal Valpore 2009 Ed. Emergencia Narrativa Valparaíso
[2] Vease García Canclini, N. Op. Cit.
[3] Ril Editores: Santiago.
[4] Gaete, C. Op. Cit p. 9
[5] Para el anarquismo “El delito es el producto de una organización social que con vicios como la desigualdad y la propiedad, violenta la naturaleza humana. La sociedad crea malhechores, los lleva al crimen, y luego los castiga despiadadamente. Así, pues, cualquier defensa que ellos hagan de un acto delictivo se convierte en un ataque a una sociedad basada en un sistema de privilegios y en la propiedad.” Lituak, L. (1981).  Crimen y Castigo: temática y estética del delincuente y la justicia en la obra literaria del anarquismo español (1880-1913) ). En Revista Internacional de Sociología Madrid Segunda época XXXIX enero-marzo.
[6] Rojas, M. (1997). Páginas Escogidas. Editorial Universitaria: Santiago p. 266
[7] Ibidem.
[8] Ibidem p.71

lunes, 30 de diciembre de 2013

La vía chilena al Socialismo. El pensamiento político de Salvador Allende. Introducción

Introducción
(Este extracto corresponde a la introducción del libro "La vía chilena al Socialismo. El pensamiento político de Salvador Allende")

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.
K. Marx, XI Tesis sobre Feuerbach
           
Esta famosa interpelación de Marx hace más de 150 años sigue estando vigente en una actualidad tan vertiginosa como desmesurada. La desigualdad, el consumo, el individualismo, la competencia, los medios de comunicación y la conexión global nos hacen creer que vivimos en un mundo instantáneo, sin historia y en un eterno presente. No obstante, esta actualidad construida sobre diversos procesos de luchas y aplastamientos no puede quedar indiferente sobre sus causas y orígenes, como tampoco puede ser reflexionada críticamente sin considerar los caminos alternativos de la historia en los intentos por cambiar el curso de la misma, ya que el ser humano entre sus múltiples condiciones y a pesar de los diferentes intentos de aniquilación de su subjetividad, conserva su ser histórico.
Mirar el pasado no es un ejercicio limitante, muy por el contrario, es un acto de apertura y ampliación del horizonte para una comprensión de la actualidad y una proyección del futuro, siendo justo a ese mirar hacia el que dirigimos esta exigencia de Marx, pues no se trata de ir en búsqueda de una nueva interpretación del mundo sino de un conocimiento que nos permita construir otra realidad, ya que el sentido no es conocer la historia para su conservación sino para su ruptura, en una actitud que es propia del conocimiento histórico, porque tal como nos lo dice Eduardo Galeano “toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.”[1]
En este sentido, el presente trabajo se enmarca dentro de los estudios del pensamiento y la filosofía latinoamericana. Esta vertiente, poco reconocida en la academia chilena, hoy se revela como una contrahistoria del pensamiento, ya que centra el esfuerzo de su trabajo no solo en autores olvidados y eliminados del recorrido intelectual por quienes privilegian, en las diferentes ciencias sociales y humanas, el estudio sistemático de las concepciones racionalistas y positivistas europeas y norteamericanas, en una acción que conserva uno de los mayores vestigios de la cultura colonial del siglo XVI, sino también como una forma de romper con el dominio hegemónico y de negación de nuestra propia condición mestiza. Volver la mirada sobre nosotros mismos ha tenido como consecuencia un desarrollo sostenido de novedosas y particulares metodologías de análisis, rompiendo, de algún modo, con el dominio epistemológico de teorías completamente exógenas que se instruyen y aplican en los estudios académicos sobre América latina, cuyas conceptualizaciones y teorías terminan reduciendo nuestras particularidades y creaciones a epifenómenos del pensamiento y la cultura europea.
No obstante, no se puede negar que el desarrollo del pensamiento filosófico y político, como también de la cultura de nuestra América, están marcados por el avance de Occidente. La europeización y el cosmopolismo realizaron grandes modificaciones a la sociedad latinoamericana durante el siglo XIX. Las huellas y vestigios del liberalismo y el positivismo son condicionantes de nuestro desarrollo socio-cultural y político, encontrándose aún presentes en las nuevas construcciones sociales, porque como bien  lo señala Leopoldo Zea, “la historia de las ideas de esta nuestra América no se refiere a sus propias ideas, sino a la forma como han sido adaptadas a la realidad latinoamericana, ideas europeas u occidentales.”[2]
Esta apropiación cultural[3] como la denomina Bernardo Subercaseaux, la abordaremos del que, a nuestro entender, es un concepto más claro para afrontar el desarrollo cultural latinoamericano, puesto que hace una reivindicación de nuestra condición mestiza por sobre aquellas que abordan la realidad sociocultural de América latina como un epifenómeno de Occidente. De esta manera hemos decidido llevar adelante nuestro estudio teórico desde la explicitación de la transculturación que sufren las ideas apropiadas desde el viejo continente.
Este concepto de transculturación,  desarrollado por Fernando Ortiz y utilizado por Ángel Rama en sus estudios literarios, lo entendemos como el vocablo que mejor explica el transcurso que sufren las ideas asimiladas, ya que en este proceso se genera una síntesis de las ideas extranjeras y las propias para originar un nuevo pensamiento. La modificación cultural en los nacientes estados nacionales se produce inicialmente por “la inmigración de ciudadanos europeos en número progresivo a partir de mediados del XIX hasta alcanzar la segunda década del XX, contribuirá por una parte, a fortalecer los procesos de creación, aceptación y transmisión de nuevos valores, objetos y acciones de la cultura y, por otra, a disolver algunos de los patrones culturales ya existentes.”[4] Por lo que esta fase resulta crucial para nuestro trabajo, ya que al recoger el antecedente del modo y estado en que surgen las ideas reivindicativas y revolucionarias, podemos reconocer las características de la construcción del imaginario político de  las clases populares, y la posterior formación de los partidos políticos de izquierda en Chile. Así, el estudio de este fenómeno se vuelve importantísimo para comprender la raíz del pensamiento político de Salvador Allende.
En este sentido, esta investigación se vuelca sobre los acontecimientos socio-culturales en los que es posible advertir el antecedente histórico anterior que origina los postulados fundamentales que dan sentido e identidad al proyecto político-social de la Unidad Popular. Bajo esta óptica, entonces, apreciamos el pensamiento político de Salvador Allende como una filosofía de la praxis.
Ahora bien, antes de proseguir, debemos señalar algunos antecedentes sobre esta filosofía para comprender desde otra vereda, es decir, desde la heterodoxia, el carácter marxista del pensamiento político de Salvador Allende. En primer lugar, hay que decir que este concepto de praxis tiene su origen en las lecturas y el estudio del italiano Antonio Labriola[5] sobre el materialismo histórico, y que posteriormente fue recogido por Gramsci en sus análisis e interpretaciones del marxismo[6]. Este concepto sirvió para nombrar la nueva filosofía que inauguraba Marx[7], cuyos fundamentos están señalados en las Tesis sobre Feuerbach[8]. En éstas, se establece el hecho novedoso de radicar el surgimiento de la teoría en y para la acción, por tanto se nutre en y con la práctica social.
Esto rompe definitivamente con la filosofía puramente formal y metafísica anterior, abriendo un nuevo horizonte para la práctica intelectual. De este modo, estudiar a pensadores latinoamericanos como promulgadores de postulados filosóficos es a contracorriente, más aun si estos no son intelectuales que integran la academia, sino que son políticos o al menos tuvieron una definición y participación política en el momento que les tocó vivir. Por lo que la crítica, hecha por Marx, a los modos de interpretar el mundo de parte de los filósofos, marca el inicio de una nueva manera de hacer filosofía, y también de comprenderla.
De este modo, nuestra labor investigativa se inicia en el estudio del pensamiento y la cultura chilena dentro del contexto de los estudios latinoamericanos, centrando el análisis en las formas por las cuales adquieren identidad las ideas políticas occidentales con la realidad socio-cultural de nuestro país. Este fenómeno manifestado en diversas expresiones termina construyendo, a contracorriente de lo señalado en la historia oficial, un acervo intelectual y artístico de carácter popular, vanguardista y propio.
El estudio de la denominada Vía chilena al socialismo se encuadra dentro de la necesaria mirada a la historia de los hechos y planteamientos sociales, pero también de las formas discursivas no clásicas de las ideas políticas y filosóficas. Esto lo hacemos con el propósito de comprender la construcción de las ideas programáticas que como sujetos de clase lograron desarrollar los estratos populares y los partidos políticos que conformaron la UP, más allá de un dogmatismo teórico ortodoxo y con diversas carencias en la teorización que se desarrollaba al respecto.
Dentro de este reconocimiento de las ideas que configuran las bases del proceso chileno, consideramos que el pensamiento político de Salvador Allende fue un elemento central y articulador de esta construcción, más allá de su rol como presidente y líder del proceso social de la Unidad Popular. Esto motivó que el eje de nuestro trabajo entrecruzara ambos temas como partes complementarias de un todo, ya que no se puede comprender la vía chilena al socialismo sin estudiar el pensamiento político de Salvador Allende, como tampoco se puede abordar este último sin comprender los antecedentes socio-culturales de la vía chilena.
Lo anterior nos permite establecer un primer principio a considerar para nuestro estudio, Salvador Allende no es un teórico de la política, ni un intelectual académico, sino más bien, es un político en toda su dimensión y como tal se encuentra inmerso dentro del clima social y cultural del periodo que le tocó vivir. En esta dirección, el desarrollo de este texto se inicia con una mirada analítica a la historia social chilena y al desarrollo de su identidad, para luego dar paso al estudio y profundización, en relación a los antecedentes señalados, sobre el pensamiento político de Salvador Allende.
En este sentido, tenemos que el estudio del pensamiento político y filosófico nos ha hecho transitar por diversas teorías en las que el ser humano ha vislumbrado la posibilidad de construir o desarrollar una realidad social, política y económica distinta a la que vive. Estas teorías han sido vistas como realidades no-existentes, u-tópicas o simplemente mundos soñados. Sin embargo, estas reflexiones e intentos por construir y proyectar realidades alternativas a las existentes se han producido desde la Antigüedad. Frente a esto, la realidad latinoamericana y en particular la chilena no ha estado ausente, desarrollando y contextualizando ideas que ayudan a la fundamentación teórica de la búsqueda por la emancipación social, produciendo en nuestra historia hechos que han marcado el devenir de los pueblos latinoamericanos. De este modo, en nuestra historia reciente, la propuesta de la Unidad Popular constituyó un intento de construcción política y económica distinta a la desarrollada dentro del capitalismo dependiente. Este proceso político, denominado vía chilena al socialismo, construiría por primera vez un modelo de transformación socialista mediante el sufragio universal.
Estos antecedentes nos  introducen, de modo general, en la problemática de estudio de nuestra investigación, la que tiene como finalidad pensar nuestra historia, analizar las distintas categorías conceptuales que componen el pensamiento político de Salvador Allende y pensar el sujeto latinoamericano que en su búsqueda por la independencia cultural, política y económica produce una nueva valoración de sí mismo. A partir de esto, realizaremos un análisis al pensamiento político de Allende, recapitulando previamente algunos antecedentes históricos y socioculturales que están presentes en él.  Para finalizar con una conclusión que involucra una definición genérica de la vía chilena al socialismo y una reflexión acerca del sujeto en el proceso de construcción de esta vía.
Para la consecución de nuestros objetivos hemos establecido una división de nuestro trabajo en dos partes. En la primera de ellas se establecen los antecedentes históricos y los rasgos identitarios de la sociedad chilena, cuyos ejes articuladores serán Los orígenes utópicos del movimiento social, en una revisión necesaria a nuestro siglo XIX, La Modernización, por el cambio en desarrollo económico, La Revolución rusa, por la propagación que produce en el Mundo de las ideas marxistas, y los Frentes Populares, ya que son el antecedente directo de la forma política pluripartidista que tendrá la Unidad Popular. Junto a esto, daremos una mirada a los rasgos identitarios propios de la realidad social chilena, a la forma de construcción de su noción de clase y a la relación que establece con la democracia.
Mientras que en la segunda parte se trata de manera directa el pensamiento político de Salvador Allende, el que está analizado conceptualmente a partir de tres categorías principales que logramos desprender de lo que, a nuestro juicio, es lo central de su pensamiento político, la denominada la vía chilena al socialismo: la interpretación que hace del marxismo, la concepción que él desarrolla sobre la democracia y, finalmente, el sentido de la independencia. Cada categoría está trabajada por los conceptos que Salvador Allende señala y define, interpretando, asimilando y desarrollando, a fin de establecer y dar forma a un pensamiento político genuino, que va más allá de una simple simbiosis de diversas ideas, ya que, como veremos, la vía chilena al socialismo involucra una aportación nueva, creadora a las ideas apropiadas y transformadas por nuestras particularidades, como también se vuelve realidad para la práctica revolucionaria.
Finalmente, tenemos un capítulo compuesto por las conclusiones, en las que realizamos dos ejercicios, por una parte, la definición desde el pensamiento político de Salvador Allende de lo que entiende por vía chilena al socialismo y, por otra, una reflexión filosófica, o si se quiere de antropología filosófica, acerca del sujeto y su rol como constructor del proceso que buscaba ser un nuevo camino al socialismo y de liberación de la dependencia.





[1] Galeano, E. (2006). Las venas abiertas de América Latina. Santiago: Pehuén, p. 363.
[2] Zea, L. (1987). Filosofía de la Historia Americana. México: Fondo de Cultura Económica, p.15.
[3] Subercaseaux, B. (1988). La apropiación cultural en el pensamiento y la cultura de América Latina. En revista Estudios Públicos n°30. Santiago.
[4] González, V. (2009). La crítica cultural latinoamericana y la investigación educativa. Caracas: Fundación Nacional de Historia, p.86
[5] Antonio Labriola (1843-1904) será uno de los primeros marxistas o estudiosos de Marx no dogmáticos, realizando importantes apreciaciones sobre el materialismo histórico. Sus ideas serán consideradas posteriormente por Gramsci, quien dará una mayor profundidad y desarrollo al concepto de praxis. Un libro importante de Labriola es Socialismo y Filosofía en que se reúnen una serie de diez cartas enviadas a George Sorel en 1897.
[6] Para una profundización sobre los estudios de Gramsci ver: Introducción a la filosofía de la praxis en: www.institutodeestudiosmarxistas-leninistas.com
[7] Para una profundización sobre este concepto y estudio del marxismo como filosofía de la praxis se recomienda ver Sánchez Vázquez, A. (2003) La filosofía de la praxis. México: Siglo XXI. No obstante es necesario aclarar, que el sentido que da a este concepto Sánchez Vázquez lo recoge directamente de su estudio sobre las Tesis sobre Feuerbach, no teniendo origen en el concepto de Labriola y Gramsci, aun cuando tenga coincidencias evidentes.
[8] Las once Tesis sobre Feuerbach son una gran síntesis del pensamiento filosófico de Marx, escritas en 1845 en Bruselas, fueron adaptadas y publicadas por primera vez en 1888 por Engels en su texto Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.  

miércoles, 4 de diciembre de 2013

¿Para qué nos sirve la historia?

¿Para qué nos sirve la historia? Es una pregunta que resuena en muchos estudiantes que ven en el texto escrito un pasado de reyes, príncipes, legiones, guerras y culturas que han sido retratadas con énfasis en su esplendor, o derechamente lo positivo que tuvo para el desarrollo posterior. Pero qué pasa cuando esa historia es cercana, muy reciente y llega a toparse con nuestra propia experiencia personal y familiar: el tema cambia.
El pasado contado en los manuales de historia que se enseña en los colegios está fundado en principios establecidos por la ley o en su defecto por la autoridad presente, quien demarca el sentido que tuvo un hecho o fenómeno histórico. Normalmente eso se asume como tal y no sería algo que diera motivos de controversia salvo en investigadores o intelectuales que conservan rencillas, no pocas veces, personales más que de veracidad o de epistemología y metodología asociada. Pero qué pasa cuando el pasado sigue vivo, no por un antojo sino porque está presente en cada acción de tipo social, puesto que modeló una cultura e instituyó leyes limitadas al cambio con estrategias poco honestas y siempre proclives al sector dominante. La concepción de la historia es otra.
Entonces, el ejercicio de representación del pasado se vuelve no solo necesario y oportuno sino también constructor del porvenir, pues el diálogo con la historia no se produce solo como un ejercicio de conservación o de museología sino como una articulación siempre en presente.
La historia no sólo está orientando la actualidad sino también el futuro mediato en cuanto se apliquen los vestigios indicados, en ese pasado, como una total normalidad. Esto es un peligroso uso del pasado, pues manipula una realidad en función de intereses dominantes que han delimitado y dicho el por qué y los cómo. Acá no se trata de seguir la historia sino de problematizarla, para que arroje nuevas perspectivas del presente, pero también para que abra otros horizontes, tal vez de ahí provenga la asociación entre la historia y la utopía. Pero al darnos cuenta de cuánto y cómo nos han manipulado nos sentimos indefensos, desnudos, impotentes al ver que el mínimo común denominador entre los humanos como lo son las necesidades básicas; comer, dormir, respirar, trabajar, entre otras muchas, han sido resignificadas por intereses del poder, ya no político como antes, sino macro-empresariales y, digámoslo, desproporcionados a cualquier noción de lo humano, pues hoy tenemos una búsqueda de riqueza material infinita. Si para Nietzsche Dios había muerto por causas de la razón humana, hoy vuelve a morir por causas de la riqueza.
Los diferentes estudios históricos muestran que las revoluciones estallan por choque de intereses, expectativas mayores a una realidad limitada, ganas de ser más, hoy diría de tener más, pero también en momentos de opresión, de esclavitud, de confusión. La misma confusión que todos tenemos hoy, mil ideas y mil trabas, leyes mal formuladas, representantes que no representan, homologaciones sin poner énfasis en las diferencias, pensar en un ideal a la medida, convirtiéndonos a todos y cada uno de nosotros en potenciales dictadores de la vida y de la sociedad, pues resuena con fuerza la idea de que la diferencia no existe pues yo soy la verdad.
Para esto nos sirve la historia, para ver la diversidad que el presente y la ambición no nos permite, es subversiva como dice Galeano porque nos abre las expectativas, nos despierta, pero manipulada y cubierta también nos duerme. La historia por sí misma no es suficiente, como tampoco ninguna disciplina. Es necesario el diálogo y la transversalidad, como también lo son los nuevos contratos sociales y la comprensión de la interculturalidad.
Mirar el pasado, no obstante, es un ejercicio de mínima relación moral para lo que vamos a construir, pues no se trata de fundamentos simplemente, sino de las consecuencias de los mismos y hacia los lugares y las trincheras en las que nos ponen.

¿Para qué sirve la historia? Para construir un futuro, al menos, un poco mejor.

viernes, 15 de noviembre de 2013

El arte en la Educación. Una ruptura epistemológica en la práctica pedagógica*


“Educar no es el acto de consumir ideas,
sino de crearlas y recrearlas”
Paulo Freire

La educación en América Latina ha sido desde la invasión hispano-lusitana un tema de conflicto, no solo por las formas que adquirió durante la Colonia y posteriormente a los procesos independentistas, sino también en los contenidos que se vertían en ella. Pues en ambos periodos e incluso hoy la forma y el contenido educativo son la expresión de un proyecto ideológico determinado por el sistema socio-cultural y político-económico que sustenta todo el modelo educativo.
De ahí, entonces, que no es ajeno el que nuestra educación sea discutida con grados de normalidad, siempre, lo que otros han realizado y dicho, desde lo formal hasta en el contenido, sin considerar los factores particulares y locales en donde se produce el proceso que llamamos enseñanza-aprendizaje. Esta situación en la que se ha venido desarrollando la educación contiene en sí la mayor responsabilidad de los retrasos educativos, de la imposibilidad de mejorar sus resultados y por sobre todo de tener en la educación un sólido proyecto que responda al desarrollo integral del ser humano y no a intereses particulares de cada periodo histórico de la sociedad. En otras palabras, hacer de la educación un agente dependiente de las circunstancias políticas y productivas pone en crisis constante el proceso mismo que ella pretende desarrollar.  
En este sentido, ambas condiciones heredadas de la educación, que entre medio ha tenido en disputa múltiples ideas acerca de lo que debiera ser, representan los mayores vestigios coloniales en América Latina, pues desde la Conquista se tiene la idea que la racionalidad, y esto lo digo desde mi propia disciplina; la filosofía, reside en suelo europeo. Pues la famosa sentencia de Hegel de que América es un pueblo sin historia aún resuena en los espacios disciplinares curiosamente más en nuestras tierras que en la propia Europa. Sin embargo, aquella frase, desproporcionada para cualquier momento incluso a la llegada de Colón, se impuso como un determinante del saber y sus prácticas, pues la educación fue concebida como un desarrollo de la racionalidad humana, donde el arte ocupa un lugar marginal. Lo que visto en la situación actual y la dependencia desde la cual hoy se proyecta la educación está sumando a las humanidades.
En este marco general de desarrollo de la educación, insertamos nuestra tesis señalada en el título de esta conferencia, pues el arte en la educación viene a producir una ruptura epistemológica en la práctica pedagógica, porque su incorporación al proceso mismo de la enseñanza-aprendizaje tiene como condición implícita el reconocimiento de las subjetividades de los sujetos que componen el grupo y no como demandan los procesos de racionalismos puramente formales y repetitivos de anulación y ocultamiento de los sujetos. Lo que demanda el exitismo de los resultados, cuya máxima que se refleja en ello es que no importa el sujeto sino lo que se le exige, en este caso lo que debe ser y saber.
Desde ahí entonces, la incorporación como un elemento consubstancial de la práctica pedagógica que proporciona el arte significa un quiebre con esos procesos, particularmente con los monodisciplinares y de ciencias físico-naturales, puesto que el aprendiz deja de ser una caja receptora de contenidos y pasa a ser actor constructivo del proceso. Pero, ustedes podrían decirme que eso es justamente lo que se buscaba con la reforma “española” que se implementó y que fue un gran fracaso en nuestro país, sin embargo lo que yo estoy considerando no es lo declarativo sino lo que efectivamente sucede en la práctica pedagógica y lo que condiciona más allá de tal o cual postulado dicha práctica. En efecto, son tantas las condicionantes de logro, de avance de contenidos, de aprendizajes esperados, de horas de trabajo docente en aula, de horas destinadas a cada área del conocimiento, del nulo trabajo interdisciplinar de los profesores, en otras causas, que poco o casi nada se podría avanzar en esta dirección para alcanzar un desarrollo global e integral del proceso educativo bajo esta premisa constructivista. Entonces como resultado obtuvimos un cambio puramente nominal a las prácticas pedagógicas decimonónicas que aún subsisten en los colegios, los que para mí son hoy por hoy una institución desbordada.
La ruptura
¿Dónde se encuentra el conocimiento? ¿Desde dónde afianzamos los conocimientos que transmitimos? ¿La educación debe responder a los puros requerimientos particulares de cada sociedad histórica o tal vez a una formación integral del sujeto más allá de los requerimientos productivos de tal o cual periodo? ¿De qué manera el arte contribuiría a mejorar la educación?
Con estas y otras preguntas pretendo interrogarnos e interpelarnos sobre nuestro quehacer como profesores. El rol que cumplimos en el aula y el lugar desde dónde nos posicionamos. Efectivamente en la educación no hay lugares metafísicos donde nos interrelacionamos con nuestros estudiantes, el lugar es físico y las manifestaciones que ocurren en dicha interacción debemos comenzar a reflexionarlas como parte de nuestra práctica, pues en esas expresiones hay muchas señales que expresan sentidos diferentes y válidos dentro del proceso y que por diversos factores no son recogidos ni reconocidos por nosotros. Debemos pensar que efectivamente hay un choque simbólico entre nosotros y los estudiantes, donde el rol, muchas veces mal entendido, del profesor son tiranías que ponen o tienen a la disciplina como el fundamento primordial del proceso y al profesor como un verdadero guardián del saber que es entregado solo cuando se cumplen las condiciones ideales de silencio y rectitud en la sala de clases. Ahí, no hay una construcción común de sentido sino muy por el contrario una imposición que tiene como base una pedagogía del terror, pues tiene como principio la represión y el amedrentamiento del estudiante. A pesar que suene esto a otro siglo, aún hoy persiste este tipo de docencia e incluso me atrevería a decir que subsiste también en las aulas universitarias.
Por otra parte, tenemos también una educación dialogante, que se funda a partir de una empatía común del profesor y sus estudiantes, la cual obtiene muy buenos resultados, sin embargo tiene como requisito que ambos compartan ciertas condiciones y capitales culturales para que no se produzca un cuadro de oposición entre un ser y un deber ser.
Y en tercer lugar, situaré la pedagogía constructiva y de valoración del sujeto. Concebida a partir de múltiples concepciones particularmente las aportadas desde la filosofía latinoamericana así como también las pedagogías discutidas en estos horizontes, considero que la expresión del sujeto es primordial para producir un diálogo pedagógico, para lograr un desarrollo armónico de los sujetos, para la concientización de su propia condición y su propio ser, y para producir un conocer y un conocernos, siendo aquí el arte un provocador y el dinamizador de todo el proceso, pues en él se permite el desarrollo de una libertad y creatividad en que se expresa una idea del mundo, y a través de ella un capital simbólico que no necesita ser anulado sino que incorporado al proceso educativo.
Esta ruptura epistemológica está justamente en el lugar del descentramiento de la figura del profesor y su quehacer, pues los saberes definidos en los manuales hoy han sido relegados a las particularidades de sus condiciones dejando atrás las concepciones de verdades universales y establecidas desde lugares ocultos y desconocidos. De validaciones que no pasan de ser creencias y valores personales impuestos a sujetos que junto con nosotros han sido negados y desconocidos por aquello mismo a lo que le atribuimos LA razón o LA verdad. 
La construcción de un saber común
La práctica pedagógica necesita ser validada y reconocida en su sentido fundamental, no puramente económico sino en el dialogante, reflexivo y constructivo de su quehacer. Esto cuando uno lo conversa con colegas jóvenes o lo discute en las clases en la universidad pasa normalmente como una exigencia de aburrimiento absoluto, porque la valoración socio-cultural del diálogo y la reflexión son en sentido negativo y no positivo, pero además porque no hemos sido capaces de asociar esas actividades a los desarrollos sensoriales, al trabajo de los sentidos. La captación de todo fenómeno no pasa por una racionalidad pura, sino por su relación directa, experiencial y por tanto sensorial. Hacer de ello construcciones y representaciones es parte de la labor pedagógica pero no al modo en que yo quiero que sea representado sino al modo como los estudiantes se lo representan. Ahí está el sentido de la libertad creadora, del diálogo, del respeto de visiones, en fin, de una vida también más democrática.
La construcción de un saber común estriba entonces en el compartir cotidiano, en la búsqueda de expresiones, en la libertad para que ello sea posible, en el desarrollo de una consciencia crítica y propositiva, pero también y sobre todo de los valores humanos que como especie y como parte de la naturaleza debemos preservar.
Para finalizar quisiera decir que el arte desde siempre ha sido expresión de formas de sentir, de formas de comunicar, de formas creativas, de actos de liberación. Yo me siento tremendamente honrado de poder compartir con ustedes esta apreciación general del arte en la educación en que se busca el reconocimiento de los sujetos negados y el establecimiento declarado del lugar desde dónde se sitúa el profesor para el desarrollo de su práctica.
Muchas Gracias.

 *Conferencia pronunciada en el Seminario Arte y Educación. Re-aprender y Re-enseñar a través del Arte. Universidad Andrés Bello Sede Viña del Mar Noviembre 2013