martes, 14 de abril de 2015

Conferencia de presentación de "Narradores y Anarquistas. Estética y política en la narrativa chilena del siglo XX"

Hoy quiero partir diciendo un cliché como excusa: “No es fácil someterse al escrutinio público con un libro”.  
Sin embargo considero que es una actividad que todo académico debe estar dispuesto a sortear, para bien o para mal. Pues la participación que cada uno de nosotros cobra en la discusión de las ideas y conocimientos tiene la necesidad, por no decir el deber, de alimentarse de lo que quienes compartimos aulas en las universidades pensamos y generamos con otros. Y es que la sentencia inicial me permite hacer un ingreso a la discusión que intento plasmar de manera tentativa e inicial con este texto: la relación entre estética y política en la literatura. Trabajo que pareciera mantenerme ligado solo de manera indirecta a una de mis preocupaciones investigativas principales: el pensamiento y la cultura latinoamericana.
Y en cierto modo es así, pero sólo para permitirme un reingreso o mejor dicho lograr una nueva apertura del debate con las teorías que, siguiendo a Nelson Osorio, consideran como epifenómenos europeos los sucesos literarios y del pensamiento que ocurren en Nuestra América, como la llamó José Martí. Y es que en la academia chilena o mejor dicho en nuestras universidades se sigue concibiendo el conocimiento en un sentido colonial, donde se considera a las ideas de Occidente como universales y hasta absolutas, cayendo en un rotundo error tanto en las humanidades como en las ciencias físico-naturales, pues como ya sido demostrado en el propio desarrollo histórico de la producción de los conocimientos, estos están en estrecha relación con las circunstancias y condiciones materiales con las que se cuenta para su producción.
En este sentido, intento articular la estética y política en las literaturas de América Latina, particularmente en las del Cono Sur, y en el caso de hoy en las chilenas, una discusión posible de advertir en un tiempo muy anterior al referido por las teorías “eurocéntricas” de autores ingleses como Terry Eagleton, Raymond Williams, alemanes como Walter Benjamin y Teodoro Adorno o de franceses como Jaen Paul Sartre, Alain Badiou y  Jacques Ranciére, pues para el caso chileno ya en el Martín Rivas tenemos una preocupación política que se expresa con una estética que rebasa el criollismo, en donde se puede apreciar una espacialidad territorial que propicia la imagen de la ciudad modernizada por el capitalismo industrial y el extraccionismo de materias primas un siglo antes de que la ciencia económica nos lo develara por medio de la teoría de la dependencia en los años 40 del siglo pasado con un autor poco reconocido en nuestro país, me refiero a Raúl Prebisch. De modo que, Blest Gana plasma en la idea del centro y la periferia la relación política y económica entre los distintos estamentos sociales. Así por ejemplo, tenemos que los Encina, ricos, poderosos e influyentes viven en el centro, mientras que los Molina, pobres, esforzados y oprimidos lo hacen en la periferia colindante con el Mapocho, siendo el río una figura central en los múltiples relatos situados en Santiago. Río amargo lo llamó Neruda o Sena con sauces como lo identificara Lemebel, para quién el Mapocho:
“En verano parece una inocente hebra de barro que cruza la capital, un flujo de nieves enturbiadas por el chocolate amargo que en invierno se desborda, desconociendo límites, como una culebra desbocada que arrasa en su turbulencia las casas de ricos y pobres levantadas en sus orillas. Porque este río, símbolo de Santiago, se descuelga desde la cordillera hasta el mar, cortando el flaco mapa de Chile en dos mitades, y en su recorrido nervioso, atraviesa todas las clases sociales que conforman la urbe. Desde las alturas de El Arrayán, donde los hippies con plata instalaron su tribu ecológica y mariguanera, sus casitas de playa, con piscina y amplia terraza para mirar el río en pose de yoga o meditación trascendental. La comunidad naturalista, donde las señoras hippies con guaguas rubias a poto pelado, hacen quesos de soya y recetas macrobióticas escuchando música New Age. Tan inspiradas por la precordillera de lomas y quebradas, y el rumor del Mapocho que se lleva en la corriente sus olores dulces de sándalo, incienso y pachulí hasta mezclarlos, más abajo, con la caca negra de los pobres. (Lemebel, 1998:  56)
  
Con todo esto, puedo aseverar que la crítica literaria, impresionista y bastante adicta a las teorías exógenas, mantiene una deuda con nuestras letras latinoamericanas y más particularmente con las chilenas, tanto en el plano interpretativo como historiográfico. Pero para ser justo reconozco el esfuerzo sistemático de académicos e investigadores que hoy vuelven a abrir la discusión literaria, aún cuando piense que en su mayoría siguen las modas intelectuales antes que la creatividad reflexiva, para permitirnos un propósito no puramente intelectual sino de construcción de sentido sobre nosotros mismos. Acometer un gesto que restituya lo que el filósofo mendozino Arturo Andrés Roig llamara el “a priori antropológico” que consiste en “ponernos a nosotros mismos como valiosos” y al que yo agregaría fuera por medio de sus obras, en este caso las literarias.
Sujeto y objeto o mejor dicho, el autor y su texto. Punto inicial con el que abrí la selección de escritores para “Narradores y Anarquistas”, recorrido que hice por cinco autores que se declararon y declaran como anarquistas. Para el caso de José Santos González Vera y Manuel Rojas no había gran dificultad, pues sus narraciones y militancia activa no solo es rastreable con los periódicos y revistas anarquistas sino también en múltiples libros de historia que abordan el movimiento ácrata. Ambos poseedores del Premio Nacional de Literatura, y en el caso de Rojas con una alta cantidad de estudios sobre su obra, no se necesita profundizar mucho para encontrarse con textos que abordan su anarquismo literario, poniéndonos el desafío de profundizar en sus narraciones sin repetir lo dicho con anterioridad. Mientras que para el caso de González Vera, inseparable amigo de Manuel Rojas, la tarea estaba puesta en evidenciar el carácter anarquista de sus relatos.
De prosa simple, mínima y gran ironía, fue entre ambos el más militante en los grupos anarquistas y el que por vez primera hace de ellos el tema de sus escritos, dedicando varios relatos a su experiencia militante, destacándose el texto “Los anarquistas” publicado en la revista Babel. De los tres que siguen, Mauricio Wacquez, Roberto Bolaño y Cristóbal Gaete, único autor vivo pero también el más joven de todos, y quien hoy nos acompaña como invitado de honor, representan un estado de las letras anarquistas diferente de los dos autores galardonados con el Premio Nacional, primero por no poseer una militancia activa en grupos ácratas sino más bien una identidad ideológica con ellos y segundo, derivado de lo primero, no hacer de la actividad militante una temática substancial de sus escritos. Aunque esta aseveración solo la puedo sostener con Wacquez y Bolaño, pues Gaete aún tiene mucho por escribir.
El anarquismo marginal y la marginalización por el autoexilio son el lugar común donde ubico a Maricio Wacquez y Roberto Bolaño, chilenos a-pátridas que desarrollaron sus carreras fuera de Chile. Son los autores que expresan su anti-autoritarismo o acracia en una constante disputa con la institucionalidad literaria, tal como la reclamará Gaete en su novela “Valpore”. La temática del oprimido, el homosexual, el sufriente, el delincuente, la prostituta, la actividad prohibida o la figura del lumpen situados como personajes heroicos que ejercen lo ilegal como acto revolucionario y de rebeldía al poder estatal y del capital son la expresión más clara que evidencia la tesis del libro.
De este modo, abrir el debate sobre los sentidos de la literatura y realizar una crítica a los estudios anteriores, es una manera de actualizar los modos de abordar lo literario e incorporar lo marginado. Pues se ha hecho siempre resonancia de métodos que no se actualizan salvo por los mismos quienes los propusieron. Se escribe mucho de lo mismo y desde lo mismo en Chile, por eso creo que esto obedece a un vestigio en la academia de la supresión de los debates en la dictadura cívico-militar y también a un conservadurismo ideológico que se instaló producto de la misma. Para muchos este libro será sinónimo de una valoración ideológica, pero no es más que una ejemplificación de uno entre los múltiples modos de leer las voces narrativas chilenas, pues podríamos haber tomados a los narradores marxistas y/o comunistas, como también a los liberales o conservadores, que los hay y están con fuerza en las letras nacionales. Elegimos estos como una vía de ingreso pero nunca como un trabajo acabado.
Visto así, la literatura no se acabará aunque cambien los formatos y se acorten las expresiones limitando la cantidad de caracteres en los medios masivos de la internet, y aunque la fugacidad del tiempo y la necesidad de producir dinero, exigida por la sociedad capitalista, deje poco espacio libre para expresar la creatividad. Porque el ser humano tiene la necesidad imperiosa de comunicarse y expresar aquello que lo hace reflexionar y ser día a día. El ser humano mientras tenga inquietud de sí tenderá hacia la utopía, no se puede decir el fin de las esencias, como si el de los sistemas, porque mientras haya hegemonía y los sujetos tengan conciencia habrá siempre contra-hegemonías, en donde el discurso literario se vuelve estético como resultado de su práctica y se vuelve político en su decir, haciendo indisoluble forma y contenido.

Antes de finalizar no puedo dejar de dar los agradecimientos a Jorge Cáceres, Eddie Morales Piña y Pablo Hurtado por darse el tiempo y la tarea de leer y presentar mi libro. Así como también dar las gracias al escritor Cristóbal Gaete por su presencia hoy aquí.
Tampoco puedo dejar fuera a mis colegas, amigos, alumnos y exalumnos que hoy me acompañan, pues esta presentación tiene un sabor especial: es el primero de mis tres libros que se lanzan en la Universidad en la que doy clases a diario.
También debo ser justo en decir que este texto en el formato final se debe por una parte a la posibilidad que me brindó el Consejo Nacional de la Cultura con un fondo de Creación del 2013 y al trabajo editorial de Miguel Soto con Escaparate Ediciones.
Y por último, no puedo dejar de dar a las gracias a mi familia.